Sine die

La ciudad como negocio

En los cascos históricos de las ciudades, la presencia de los residentes se ha vuelto incómoda

Partimos de la aceptación de que las ciudades son espacios vivos sujetos al paso del tiempo y nada tienen que ver las circunstancias actuales con las que propiciaron su nacimiento y desarrollo. En ellas tienen cabida establecimientos con fines diversos tanto comerciales y artísticos, como de descanso, ocio o vivienda. El peso de la historia hace que haya ciudades que formen parte del patrimonio histórico-artístico, lo que propicia que sus monumentos atraigan el turismo, convirtiéndose en una industria más, en el caso de Andalucía, la más importante y el motor de la economía.

No es tan fácil conjugar ocio y negocio, más en estos tiempos en los que existe el negocio del ocio, en principio conceptos contrapuestos, pero que la insaciable sociedad en que vivimos no concibe valorar algo en sí mismo, sino en función de lo productiva que pueda resultar. Para relajarse, intentar vivir de forma distendida o divertirse en el amplio sentido de la palabra, actualmente ha de ser pagando. El dios dinero tiene que estar presente para que algo se considere valioso y a pocas cosas se les concede valor por sí mismas.

En los cascos históricos de las ciudades, aún más si son monumentales, la presencia de los residentes se ha vuelto incómoda. Yo que vivo en un lugar del centro histórico en el que nací y siempre he vivido, en muchas ocasiones me considero un extraño que parece estar estorbando a los que solo piensan en hacer negocio en el lugar que habito. Pronto tendré que irme a una reserva, como los indios norteamericanos, para que las grandes multinacionales y franquicias puedan tomar asiento en lo que considero mi entorno. Esto no tiene vuelta de hoja. Los espacios públicos son cada vez más privados, las plazas son adaptadas para los hosteleros del lugar, los bancos públicos desaparecen en favor de los veladores. Si alguien quiere sentarse en un lugar a leer la prensa tiene que ser pagando y hacerlo rápido; al rato el camarero te está mirando por encima del hombro y te retira el vaso o la taza del café, una forma de echarte o de que consumas más.

Los centros históricos de las ciudades no se conciben ya como lugares de descanso ni de vivienda. Por mucho que la mayoría de los urbanistas hagan su discurso lleno de demagogia, los monumentos y espacios públicos son fuentes de ingresos para comerciantes y rehabilitadores. Los residentes, un obstáculo, un incordio.

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