Manual de disidencia
Ignacio Martínez
Sudoku samurai 2
Este 10 de enero se cumplen diez años de aquel día en el que David Bowie dejó este mundo para convertirse en algo más que una inmortal estrella del rock. Él, el Duque Blanco, uno de los grandes creadores de la cultura popular de los siglos XX y XXI, un artista imposible de encasillar que hizo de la transformación constante su forma de estar en el mundo y en la música.
Pero hablar de Bowie como rockero resulta insuficiente. Lo es, sin duda, pero también fue glam antes de que Ziggy Stardust descendiera a la Tierra junto a sus Spiders from Mars (Arañas de Marte). Fue rock and roll cuando se convirtió en The Man Who Sold the World, soul blanco en Young Americans, vanguardia electrónica durante su decisiva etapa berlinesa y arquitecto de himnos bailables cuando, de la mano de Nile Rodgers, publicó Let’s Dance. Y cuando parecía haber alcanzado la cima definitiva, decidió despojarse del aura de superestrella para volver al formato de banda con Tin Machine, en la que fue uno más, apostando por un sonido más áspero y directo.
Esa capacidad para mutar, para adelantarse y contradecirse, explica por qué su influencia atraviesa generaciones y estilos. Músicos como Brett Anderson (Suede), Jim Kerr (Simple Minds) o John Taylor (Duran Duran) han reconocido el impacto decisivo de una obra que se extiende durante casi cinco décadas. También lo han hecho compañeros de viaje como Paul McCartney o Mick Jagger, que, como tantos otros referentes del rock, expresaron públicamente su admiración y su tristeza hace una década tras conocerse la noticia de su marcha.
Bowie no solo fue influyente: fue consciente. Consciente de su legado y de su final. Al igual que su amigo Freddie Mercury, afrontó la proximidad de ese final refugiándose en lo que mejor sabía hacer: música. Blackstar, publicado el mismo día en que cumplía 69 años, se reveló como una despedida tan audaz como inquietante: un disco oscuro, con ecos jazzísticos. Un testamento artístico que confirma que Bowie nunca dejó de arriesgar. En su último videoclip, el de Lazarus, Bowie aparece postrado en una cama, cantando antes de resucitar que “la muerte no es más que una liberación”. Esa imagen resume mejor que ninguna otra su despedida: lúcida, simbólica y profundamente artística. Bowie ya no está, pero su obra le sobrevive. Y en un mundo que él ayudó a mejorar, su figura ocupa un lugar reservado solo a los seres verdaderamente inmortales.
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