El verdadista

F. J. Cantador

Bezerra

21 de febrero 2026 - 03:07

Hubo un tiempo en que el fútbol se explicaba mejor desde el esfuerzo que desde el escaparate. En aquel Atlético de Madrid rocoso y competitivo de los años 70, donde el talento convivía con el sacrificio, hubo futbolistas que no encabezaron portadas pero sostuvieron la ambición del grupo. Entre ellos, Heraldo Bezerra. No fue la gran estrella de aquel equipo. No simbolizó una era ni concentró el relato sentimental del club. Pero fue algo quizá más decisivo: una pieza fiable dentro de un engranaje que aspiraba a todo.

Delantero de trabajo constante, de los que incomodan, presionan y generan espacios, entendió que su aportación no siempre sería el gol espectacular, sino el desgaste previo que permitía que otros lo marcaran. Y ahí reside la clave. En todo grupo humano –un vestuario, una empresa, una familia– hay figuras que brillan y otras que sostienen. Sin las segundas, las primeras no existirían. El éxito colectivo no es una suma de individualidades deslumbrantes, sino una arquitectura delicada donde cada función importa. Hay quien firma el triunfo y quien lo hace posible.

La vida, como el fútbol, no está hecha solo para estrellas. Está hecha, sobre todo, para personas que cumplen, que trabajan cuando nadie mira, que aceptan un rol menos vistoso sin rebajar su compromiso. Son quienes mantienen la disciplina cuando el ánimo flaquea, quienes equilibran el grupo, quienes aportan continuidad. No siempre reciben el reconocimiento proporcional a su esfuerzo, pero su ausencia se nota de inmediato. Cuando faltan, el edificio se resiente; cuando están, todo funciona con una naturalidad que a veces se da por descontada.

Bezerra representa esa figura esencial: la del profesional que entiende que el mérito no se mide solo en aplausos. Su importancia no radicó en el mito, sino en la constancia. En haber sido parte activa de un equipo que necesitaba algo más que talento: necesitaba compromiso diario, solidaridad y una comprensión profunda de que el éxito siempre es compartido. En una sociedad obsesionada con el protagonismo, conviene reivindicar ese papel. Porque la mayoría de los logros –en el deporte y fuera de él– descansan sobre personas discretas. No todos estamos llamados a ser referencia histórica, pero sí podemos ser indispensables en nuestro entorno. Y quizá ahí, en esa lealtad silenciosa al grupo, se encuentre la forma más auténtica y duradera de grandeza, una grandeza como la que representó Bezerra en aquel gran Atleti de los 70.

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