Palabras prestadas

Pablo García Casado / Www.casadosolis.com

Uniforme de ministra

TODA persona tiene su estilo. Los hay que se repeinan la cabellera como bola de billar, las hay que necesitan sacar su escote a pesar de los rigores invernales. Los hay que se diluyen someramente en ese mundo de springfield o de zara, con ropa sin perfiles, modestamente elegante, haciendo acopio de esa normalidad que te hace pasar desapercibido en el autobús. Pero a pesar de todo, si te fijas bien, todos tenemos signos que nos definen frente a cualquiera.

El primer día que llegábamos a la explanada de Cerro Muriano, nuestras ropas parecían mucho más coloreadas frente a esa masa verde y negra que nos miraba desde los barracones. Todavía el segundo día, nuestras camisetas de verano, formada en fila de a uno, parecía un insulto contra la disciplina. Iron Maiden, Atlético de Madrid, o simplemente esas Ferrys de rayas ya despintadas de tantos lavados. Pronto nos llevaron al barracón de intendencia donde nos colocaron a cada uno la casaca de camuflaje. Era el reglamento. Debíamos llevar esa ropa siempre que estuviéramos en la Base. De lo contrario seríamos arrestados, y nos quedaríamos sin fin de semana.

Mi abuelo, militar, alababa las ventajas del uniforme. No te tienes que quebrar la cabeza, alguien ya lo ha decidido por ti. En el ejército casi todo está reglado, cómo saludar, cómo hablar, cómo, cuándo y con qué vestirse. Era una cuestión práctica que tiene también una vocación igualitaria: todos los soldados, con independencia de nuestra extracción social o capacidad económica, tienen la misma cara de estúpidos posadolescentes. Todos pelones para ser, más que un grupo, un bloque indeleble, un muro de defensa. Por eso, también hay quien dice que unificar es también convertirnos en seres sin alma posible, en reses preparadas para ser devoradas por el fuego de la guerra. Que sin esa alienación bajo la estructura y la jerarquía de las estrellas y los galones no es posible reconducir el odio y la agresividad contra un hipotético enemigo.

Esta manera de ser, disciplinada hasta el detalle, tiene poco que ver con este tiempo plural, desestructurado, donde ni siquiera tienen fortuna aquellas tribus urbanas que marcaban la pauta en los ochenta. Por eso, cuando Carme Chacón se presentó a aquel desfile, embarazada de ocho meses, con esas gafitas de profesora de instituto, más de un sable se retorció de rabia. "Y además catalana", decían los coros fascistoides. Pero esta mujer de hielo, poco proclive a la sonrisa, iba a dejar bien claro que no era un florero, y tomó decisiones valientes como eliminar las bombas de racimo: algo que los humanistas ministros que la precedieron no se atrevieron a prohibir. Sólo por eso merece un respeto, porque esas decisiones que parecen tan simples llevan un mar de fondo y de intereses creados.

Que su gestión no iba a ser pacífica, era algo que sabíamos. Por eso cualquier supuesta salida de tono iba a ser aprovechada por esa España ramplona y rancia que no se atreve a subvertir algunos iconos que el tiempo, al fin y al cabo, va a resquebrajar. A mí no me gusta el vestido de la ministra. Me parece bastante cateto, por muy Purificación García que sea. Pero esto es la opinión de un ciudadano normal y corriente. Otra cosa muy distinta es que me parezca -como ha llegado a decir alguno- una provocación a la jerarquía militar. No entiendo por qué ponerse ese vestido, bastante recatado por cierto, es calificado de esta manera. Lo contrario del buen gusto no es la agresión.

Entiendo que a esos pelones que llegábamos casi imberbes a la explanada de Cerro Muriano nos pusieran a todos el mismo color verde. Pero exigir unos dudosos cánones de moda en las representaciones públicas, y mucho más a un ministro, me parece un tanto desorbitado. No creo que nuestra defensa nacional ni nuestro espíritu militar se deteriore porque alguien ha decidido salirse un milímetro del guión, de lo que se espera. La ministra tiene derecho a su propia manera de vestir y de ser. Porque al fin y al cabo, esa posición, mitad civil, mitad castrense, debería ser el hilo conductor de la ciudadanía democrática a la jerarquía.

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