Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
De Adam Hochschild hemos recomendado otras veces su impresionante ensayo El fantasma del rey Leopoldo, donde se narran los abominables crímenes del taimado monarca de los belgas que asumió personalmente la colonización del Congo –durante más de dos décadas su propiedad particular, un coto tan extenso como el continente europeo– años antes de que Conrad visitara aquellas tierras y recreara la experiencia en una de sus grandes novelas, El corazón de las tinieblas, cuyos horrores palidecen si se los compara con los asesinatos masivos que cometieron los sicarios del mayor genocida de la edad contemporánea. Educado en Harvard y profesor de periodismo en Berkeley, Hochschild ha colaborado en algunas de las más prestigiosas cabeceras norteamericanas y tiene un historial clásico de militante volcado en la defensa de los derechos civiles, pero menos que su ideología importa su capacidad para contar por lo menudo las historias de la Historia, sea la de los pioneros de la lucha contra la esclavitud en Enterrar las cadenas, la de los brigadistas estadounidenses en España en el corazón o la de los abanderados británicos del pacifismo durante la gran contienda del 14. En Para acabar con todas las guerras, una compilación de relatos sobre la humanidad, el honor y el heroísmo, verdaderos o de calderilla, la constelación de personajes supera a los más novelescos caracteres de la ficción. Algunos de ellos son célebres, como Kipling o Bertrand Russell, pero otros, menos conocidos entre nosotros, no resultan menos atractivos: lord Milner y su amante lady Violet Cecil, el dirigente socialista Keir Hardie, las Pankhurst –madre e hijas, convertidas en rivales–, el incompetente general Haig, la sufragista Charlotte Despard y su hermano el mariscal French, el jefe de propaganda John Buchan, la activista Emily Hobhouse o el policía Basil Thomson. El de Hochschild es un libro sobre la guerra que no trata solo de la guerra o que se detiene en el modo en que esta afectó a la única nación movilizada que toleró una cierta oposición, formada por pacifistas, prófugos, objetores de conciencia o simpatizantes de la revolución de Octubre. Frente a ellos, la reacción de los custodios del orden colonial fue un nacionalismo desmedido que estaba en la base misma de un enfrentamiento tan inútil como sanguinario. Pocos tuvieron la lucidez –y el valor– de Alice Wheeldon, cabeza de una familia que había sido inverosímilmente acusada por el Gobierno de intentar asesinar al primer ministro con dardos envenenados, cuando escribió, desafiante a pesar de haber sido condenada a diez años de trabajos forzados: “Mi patria es el mundo”.
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