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Reloj de sol

Joaquín Pérez Azaústre

Mejorar la educación

EL Informe PISA 2006 colocó España en plena retaguardia del perfil educativo europeo. Esta realidad crítica, fundamentada desde el también conocido como Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico, sitúa nuestro horizonte educativo en una turbiedad de hedor macizo, en una proyección hacia el futuro que sólo puede ser residual. Siendo la situación española una de las más disminuidas en el concierto europeo, la particularidad autonómica viene precedida del desánimo, porque las provincias andaluzas han sido valoradas, en ese informe, con un nivel cercano al subdesarrollo educativo.

Por eso alegra el ánimo el lema de la Consejería de Educación frente a este curso académico: "Sumamos para mejorar". Sumamos, sí. Pero, ¿quién suma? Una de las sumas anunciadas de esta nueva campaña educativa, discutible como mínimo, consiste en el lanzamiento de un Plan de Calidad y Mejora de los Rendimientos Escolares, cuya medida estrella quizá sea un plan de incentivos que contempla el pago de ciertas cantidades extraordinarias a los profesores que consigan una serie de objetivos docentes. Así, cada profesor podrá recibir hasta 7.000 euros en los cuatro años siguientes. Todo esto, ¿es sólo un incentivo, es también discutible o es una demagogia consumada? ¿Significa eso que los 7.000 posibles euros van a incentivar al profesor? Entonces, ¿es que el personal docente no se halla lo bastante motivado? Y otra cuestión, deducible de las dos preguntas previas: ¿significa eso que es el profesorado el único factor causante del desastre denunciado por el Informe PISA?

Por mucho que se incida en el incremento de transportes, en las becas y en los ordenadores, la única verdad de la enseñanza es la relación endógena y directa entre los alumnos y sus profesores, sumada al mismo tiempo a otra relación, indirecta y exógena, de los padres con sus hijos, de los padres con los profesores y también de los profesores con los alumnos no sólo entre sí, sino a través de la interconexión colaboradora de los padres. Sin embargo, desautorizado el profesor, desnaturalizados los suspensos, toda esta corriente se corrompe, es un estancamiento. Ha ocurrido en estos años, con los planes de educación arrojados a la cara de la contienda pública. Mientras, se ha ido diluyendo la única autoridad posible de la clase: el maestro. La Educación, el aprendizaje, no son realizables sin una disciplina. A los padres, a veces, sólo les preocupa que el niño pase de curso. Y que esté poco en casa, si es posible. Los políticos, claro, no quieren a los padres descontentos. ¿Dónde queda el maestro? He conocido a muchos profesores con una vocación incorruptible, pero que pueden desfallecer en muchas ocasiones porque entre los padres, las consejerías y unos planes de estudio de pugna y disparate, los han dejado solos entre la pizarra y el fracaso.

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