Cultura

Juan Luis Piqueras

Tiempos de secado

La Inaudita ha inaugurado una exposición de alta encuadernación de obras de los premios Cervantes; podrá visitarse hasta el 3 de marzo

Una de las encuadernaciones de la exposición Tiempos de Secado
Una de las encuadernaciones de la exposición Tiempos de Secado / E. D. C.

30 de enero 2026 - 18:08

Llovía en Córdoba con esa insistencia de viuda negra un diluvio que quería borrar las calles, pero el arte, cuando es de verdad, tiene la costumbre de no mojarse. A las ocho de la tarde, La Inaudita no era una sala, era una resistencia. Allí estábamos todos, apretados por la belleza y el cuero, mientras fuera el mundo se deshacía en charcos.

José Cabello, el artista que le da al libro una piel que ya quisieran para sí muchos poetas, se puso el traje de guía para llevarnos de la mano por sus Tiempos de Secado. Nos explicaba el oficio con esa parsimonia del que sabe que el tiempo, en el arte, es el único juez que no admite sobornos. Paseaba entre sus piezas, desde los Cervantes hasta la vanguardia, como un aristócrata del taller que enseña su biblioteca personal a unos elegidos.

En los rincones, la cultura se saludaba con los ojos. Rosa de Gabriel, pintora de trazo que te atrapa el alma, ponía la nota de luz en la penumbra acogedora del rincón de Lalola. María José Lucena, nuestra Virginia Woolf del Guadalquivir disfrutaba de la fiesta trayendo Bloomsbury a la calle Espartería. Federico Castro Morales, comisario eterno, ojo de halcón, observaba el milagro de la encuadernación con ese rigor que solo tienen los que saben que el arte es ante todo una forma de pensamiento. Y pululando por allí, la mística de la Escuela de Artes Dionisio Ortiz, que fluía entre las obras-libro. Había muchos profesores, de esos que enseñan a las manos a ser inteligentes, demostrando que la escuela no es un edificio, sino una estirpe que se reconoce en el abrazo.

Inauguración de la exposición Tiempos de Secado en La Inaudita
Inauguración de la exposición Tiempos de Secado en La Inaudita / E.D.C.

Lo moderno, rabiosamente hoy, llegó por el aire. Una compradora anónima, una voz sin rostro pero con gusto, se hizo con la primera obra por teléfono. El catálogo digital, ese invento de la vanguardia, funcionó como un oráculo de bolsillo. Se vendió belleza a distancia mientras fuera seguía cayendo el cielo sobre las cabezas de los demás.

La única corbata, la del número tres. No estaban los del brindis de foto, ni se esperaban.

Allí se respiraba otra cosa: la verdad del oficio y la música de Allegretto, que ponía la banda sonora a un tránsito que ya es un hecho: la tradición ha saltado el muro de la vanguardia gracias al arte y oficio de Cabello. Mañana, cuando el sol limpie el rastro de la tormenta, las fotos dirán que fue un éxito. Pero los que estuvimos allí, bajo el paraguas de la cultura, sabemos que lo que ocurrió en La Inaudita fue algo más: fue la demostración de que, frente al diluvio de lo efímero, el cuero y la palabra siempre permanecen secos.

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