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Una longevidad muy bien llevada

  • El Museo de Bellas Artes de Bilbao celebra sus 110 años de vida con una muestra que reordena sus fondos por temas y que ha contado con el escritor Kirmen Uribe como comisario

Una longevidad muy bien llevada Una longevidad muy bien llevada

Una longevidad muy bien llevada

La poeta Anna Elisabeth de Brancovan fue una figura destacada de la sociedad parisina que se codeó con intelectuales como Colette, Proust o Cocteau y que atrajo con su carisma a artistas tan dispares como Tamara de Lempicka, Auguste Rodin o Ignacio Zuloaga. Este último la inmortalizó en el Retrato de la condesa Mathieu de Noailles, donde ni la sofisticada escenografía que la rodea -unas voluminosas cortinas tras las que asoma un paisaje- ni los detalles que aparecen en la composición -un jarrón con rosas, unos libros, un collar de perlas- eclipsan la carismática personalidad de la mujer. Ese cuerpo recostado, tan sereno como misterioso, que perfiló con esmero el pintor guipuzcoano se ubica estos días en el Museo de Bellas Artes de Bilbao frente a una silueta que podría juzgarse en las antípodas, pero con la que sin embargo entabla un apasionante e inesperado diálogo: una Figura tumbada en el espejo con la que Francis Bacon ahondaba en esa dolorosa y sublime carnalidad que atravesó su obra.

Este estimulante cruce de sensibilidades es una de las muchas sorpresas que depara ABC. El alfabeto del Museo de Bilbao, la muestra con la que la pinacoteca vasca celebra sus 110 años de vida. Una larga historia que se encara no obstante con inusitada vitalidad: los responsables de la institución centenaria han descartado la tentación de ponerse solemnes y prefieren territorios menos predecibles como el juego, la revelación, el asombro. Se han renovado las instalaciones, pero también la perspectiva desde la que se cuenta el relato. Lejos de los criterios con los que se muestra habitualmente una colección -distribuida por orden cronológico o según escuelas y corrientes-, el recorrido concilia épocas y autores diversos para celebrar, más allá de etiquetas y catalogaciones, la capacidad del arte para provocar la reflexión y la emoción de los espectadores. El escritor Kirmen Uribe (Ondárroa, Vizcaya, 1970), comisario de la exposición y artífice de un espléndido catálogo, dispone un abecedario que va proponiendo palabras en cuatro idiomas -euskera, castellano, francés e inglés- y agrupando las obras en torno a diferentes ideas.

El deporte, la muerte, la amistad y el deseo son algunos de los asuntos explorados

El novelista y poeta, que logró el Premio Nacional de Narrativa por Bilbao-New York-Bilbao y se había inspirado anteriormente en el museo para sus obras, exhibe ya la libertad de su discurso en la primera de las salas, la referente al término Arte, donde acompaña un hueso grabado del siglo 12.000 a.C. en el que aparece una cabra con el retrato que de este animal hicieron Paul Gauguin en Lavanderas en Arlés o Joseph Beuys en Huella I.

Así, conceptos como el de ciudadano, amistad, deseo, guerra o madre se van sucediendo en un conjunto que presta atención también a algunos rasgos de la idiosincrasia vasca, como el interés de su sociedad por el deporte -reflejada en la impresionante cartelería o en la obra Idilio en los campos de Sport, de Aurelio Arteta-; el hierro, que dio prosperidad a la zona y fascinó a escultores como Chillida, Oteiza o Badiola; o la propia imagen de Bilbao, en una revisión que no se queda en lo idílico y que también apunta a periodos sombríos y a escenas de injusticia social. "Cada sala tiene dos partes", analiza Uribe, "una más canónica, más armoniosa, más bella, y otra que crea incertidumbre o aporta una mirada crítica".

Piezas de creadores de la talla de Francisco de Goya, Lucas Cranach El Viejo, José de Ribera, Bartolomé Esteban Murillo, Antoni Tàpies o David Hockney, nombres ilustres en los fondos del Bellas Artes bilbaíno, ilustran en las sucesivas dependencias las nociones de lluvia, madre, piedad, sueño o guerra.

Muchas de las obras seleccionadas para ABC. El alfabeto del Museo de Bilbao, que abre sus puertas hasta junio de 2019,levantan un puente entre el pasado y el presente, como ocurre en la estancia dedicada a la muerte, donde cohabitan una estela funeraria del siglo II encontrada en Palmira, "una ciudad hoy arrasada por el Estado Islámico", o un retrato de Lucrecia de Cranach el Viejo, una mujer que "antes que someterse a un hombre que no amaba, prefirió suicidarse", un tema "tristemente" vigente.

El planteamiento museográfico que han planteado Uribe y sus colaboradores busca a menudo la sorpresa de los visitantes: tan abigarrada y barroca resulta la sala destinada a los retratos como despojada la que se centra en el vacío, donde se contraponen el San Pedro en lágrimas de Murillo con una Caja metafísica por conjunción de dos triedos de Oteiza, un artista que cuando fue invitado a la Bienal de Sao Paulo de 1957, recuerda el comisario, "investigó otra forma de hacer las cosas, y se la mostró al mundo entero". De ese propósito de buscar maneras distintas trata esta muestra, una de las citas destacadas de la actual temporada de exposiciones.

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