Vanessa Montfort. Escritora “Nos llenamos de adicciones porque no hemos trabajado nuestro espíritu”

  • La autora de la exitosa 'Mujeres que compran flores' regresa a la narrativa con 'El sueño de la crisálida', una obra en la que retrata a la sociedad del siglo XXI y que presenta este domingo en la Feria del Libro

La escritora Vanessa Montfort llega a la Feria del Libro con ‘El sueño de la crisálida’. La escritora Vanessa Montfort llega a la Feria del Libro con ‘El sueño de la crisálida’.

La escritora Vanessa Montfort llega a la Feria del Libro con ‘El sueño de la crisálida’.

Tras el éxito de Mujeres que compran flores, Vanessa Montfort (Barcelona, 1975) ha regresado a la narrativa con El sueño de la crisálida (Plaza & Janés) una historia de amistad entre dos mujeres que le sirve para retratar a la apresurada y consumista sociedad del siglo XXI. La autora es la encargada de cerrar este domingo, a las 13:00, esta edición de la Feria del Libro.

–En esta novela hace un retrato tan real del ritmo de vida que llevamos en la actualidad que es imposible no sentirse identificada con la protagonista, Patricia.

–Sí, anda corriendo tras de su propia vida. La historia de Patricia, en la que yo me siento muy reflejada también, es la historia de todos nosotros. He querido hacer una novela crítica, pero con sentido del humor y profundidad de la sociedad de la prisa, la que ella llama la sociedad del malestar. Esa rueda del hámster sin meta ni alivio en la que estás corriendo pensando que vas a algún sitio y, como el hámster, quizás no vas a ninguno, o por lo menos no te da tiempo a pensar adonde vas. Esa especie de horror al vacío que tenemos y por eso intentamos llenar cada hueco de nuestras atareadas vidas de algo que puede resultar en nuestras cabezas productivo cuando a veces lo más productivo es el muy productivo aburrimiento en el que surge la creatividad, el mirarse a los ojos y empatizar. Esa celeridad en la que vive ella acaba matizando todo tipo de enfermedades asociadas a nuestros días como no tener un buen sueño y necesitar pastillas para dormir hasta tener que dormir con un plástico por las noches para no destrozarse las mandíbulas. Todo eso que vivimos y que nos impide pararnos a pensar en nosotros mismos y en los otros es lo que vive Patricia y va a encontrar la forma de rebelarse contra ese estilo de vida que se encuentra fortuitamente en un avión, que es Greta.

"El horror al vacío hace que intentemos llenar con algo cada hueco de nuestras atareadas vidas"

–¿Por qué ese horror al vacío de la sociedad actual?

–Creo que para no pararnos a pensar. Además, cuando llevas mucho tiempo sin pararte a pensar porque no tienes tiempo, te da más pereza todavía hacerlo vaya a ser que descubras algo que no te guste. Eso le pasa a Patricia cuando empieza a ser una aprendiz bastante patosa del mundo de la meditación. Estos personajes luchan a contracorriente para ser más felices y más auténticos.

–La protagonista, al igual que usted, es periodista. ¿Hay más similitudes?

–Sí, totalmente. Siempre digo que el autor deja parte de él en su obra, pero en este caso Patricia es un claro álter ego. He vivido el mundo del periodismo, no durante mucho tiempo porque mi verdadera vocación era la ficción, y en este caso no le he prestado mi vida privada pero sí mi forma de ver el mundo y esos momentos en los que yo también me he rebelado contra ese estilo impuesto por la sociedad de la prisa. He dicho basta, voy a intentarlo y aún lo intento. No quiero sustituir lo urgente por lo importante, quiero tener en cuenta esos espacios de descanso, de reflexión, de viaje interior, de volver a mirarnos a los ojos y propiciar esos encuentros como el que tuve yo misma con Greta, que también es un personaje real.

Vanessa Montfort. Vanessa Montfort.

Vanessa Montfort.

–¿Qué simboliza ese personaje?

–Hay personas que nos iluminan un tramo del camino sin querer. Esta es una novela muy antiprejuicio en el sentido de que ellas podrían tener una tonelada de prejuicios la una contra la otra porque no se parecen en nada. Tienen orígenes distintos, una es medio colombiana y la otra medio norteamericana; son de tendencias sexuales distintas; nacionalidades distintas... Sin embargo, tienen algo en común: han sufrido acoso laboral, algo de lo que se dan cuenta en ese avión. Ese es el preámbulo para una conversación que va a durar un año y que ambas necesitan para romper su silencio y reconstruirse.

"De alguna manera, nuestro estado de ánimo depende del exterior y no de nuestro interior"

–¿Cuáles son los vicios de esta sociedad del siglo XXI que estamos creando?

–Uno es esa adicción a llenar nuestro tiempo, incluso los segundos antes de dormirnos, en comunicarnos. Y en el fondo te incomunicas. Casi somos publicistas y periodistas de nuestra propia vida. Necesitamos que aprueben la foto de nuestro desayuno y nos ponemos muy contentos si tienes un montón de me gustas en tu pincho de tortilla. Vivimos muy de cara al exterior; de alguna manera nuestro estado de ánimo y  bienestar depende del exterior y no de nuestro interior. No trabajamos nuestra mente en conexión con nuestro cuerpo. No nos han enseñado a detenernos y a provocarnos a nosotros mismos ese bienestar. Luego, estamos llenos de adicciones a todo tipo de cosas, desde el trabajo hasta las redes sociales: hay un buen uso y un mal uso de la tecnología, del alcohol, del tabaco... De todo. Nos llenamos de adicciones porque no hemos trabajado esa parte tan íntima del ser humano que es el espíritu, independientemente de la religión de cada uno. Entonces, somos como un globo mecido por el viento a merced de los acontecimientos externos y eso es agotador e incluso peligroso.

–¿En qué se están convirtiendo las relaciones humanas?

–Los escritores somos detectores de incendios igual que los periodistas. Hablamos con mucha gente, pensamos mucho y leemos mucho. Igual que detecté seis meses antes del Me Too que estábamos cercanos a una nueva ola feminista en el sentido de que las mujeres estábamos preparadas para dar un paso más en busca esta vez no tanto de los derechos sobre papel sino de nuestra calidad de vida, de no autoexigirnos tanto, de no buscar la perfección para hacernos merecedoras de unos derechos, que era el tema de Mujeres que compran flores; en este caso detecto cierto hartazgo o cansancio general en la sociedad por esa hiperconexión, sobreexplotación, autoexplotación y esa celeridad y necesidad de empatía. La tecnología te puede acercar o te puede aislar y estamos en un punto de aislamiento. En este caso, creo que estamos en un momento en el que hay una ola que está llegando y que va en contra de resignarse a ese estilo de vida.

"He querido construir un libro-oasis para que los lectores se pudieran refugiar"

–Cada vez se habla más del envejecimiento de la población y la baja natalidad, pero con este ritmo no parece que algo vaya a cambiar...

–Es parte del problema. Decimos que queremos ser felices, encontrarnos bien, no tener colon irritable ni morder una cédula por las noches, pero hacemos un montón de cosas que favorecen eso. No hace falta que te vayas a vivir al campo sino que intentes encontrar ese oasis. A mí me gustaba pensar que ese oasis era este libro. He querido construir un libro-oasis para que los lectores se pudieran refugiar y hubiera alguien que hiciera apología del silencio, de detenerse, mirar a los ojos y rehumanizarse.

–Tanto en esta novela como en Mujeres que compran flores los personajes femeninos tienen un peso muy importante. ¿Cómo construye a esas mujeres?

–Hasta mi cuarta novela, Mujeres que compran flores, casi el peso lo han tenido más los personajes masculinos aunque siempre he querido recrear personajes de muchos tipos diferentes. Es decir, ¿por qué vas a dejar fuera el mundo de la mujer? El caso es que Mujeres que compran flores es la primera novela donde me detengo realmente a hablar de la mujer como género. Quería hacer un retrato de la mujer contemporánea. En mis obras de teatro te diría que en las 15 hay muchos personajes, pero casi la voz cantante la han llevado los personajes masculinos. Sí he intentado que hubiera personajes femeninos siempre porque el teatro adolece de tener personajes femeninos interesantes y esto es un problema para las actrices. En mis dos últimas novelas he pegado un giro en ese aspecto, aunque en El sueño de la crisálida hay 60 personajes y no puedo decir que trate temas de género sino mucho más universales.

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