Crítica de Música

Millones de fans de Kiss no pueden estar equivocados

Gene Simmons, Paul Stanley y Tommy Thayer arrancan los primeros acordes a sus instrumentos. Gene Simmons, Paul Stanley y Tommy Thayer arrancan los primeros acordes a sus instrumentos.

Gene Simmons, Paul Stanley y Tommy Thayer arrancan los primeros acordes a sus instrumentos. / jordi vidal

Kiss es quizás uno de los grupos que levantan más prejuicios entre quienes se consideran como mínimo algo melómanos, entre quienes buscan en la música algo más que mero ruido. Kiss levanta tantos prejuicios que hay quien no se atreve a darles una oportunidad sónica tildando sus actuaciones más de circos que de conciertos y defendiendo que en sus shows lo que menos importa es la música. A todos los que piensan así les voy a parafrasear el título de un multiplatino LP grandes éxitos del Rey del Rock, 50.000.000 Elvis Fans Can't Be Wrong [50 millones de fans de Elvis no pueden estar equivocados] al comprar sus discos.

O dicho de otra manera, los millones de fans que el grupo que lideran Paul Stanley y Gene Simmons tiene repartidos por el mundo -la llamada Kiss Army [la armada de Kiss]- no pueden estar equivocados. Esa Kiss Army intergeneracional sigue fielmente al grupo allá donde va, como se demostró el pasado jueves en el Coso de los Califas de Córdoba, que acabó petado de caras pintadas que vivieron el concierto como si de un ritual religioso se tratara.

Es fácil crearse prejuicios de lo que se desconoce. Me pongo como ejemplo. Recuerdo mi primer contacto con Kiss. Fue hace algunos años ya, bastantes, en un viaje de fin de curso de mi instituto a Granada, en plena adolescencia, cuando el mundo no estaba tan globalizado. Por la noche solíamos ir al cine y antes de la película de turno aparecieron en concierto en un trailer de un documental que se iba a estrenar sobre ellos. Yo, que sólo escuchaba por entonces a The Beatles, me quedé boquiabierto. Jamás había visto nada igual, pero mis oídos aún no estaban preparados para ¿el heavy? Por dios, nada más lejos de la realidad. Kiss son tan superheavys como Serrat es cantaor flamenco.

De aquello ya ha llovido bastante y con el paso de los años mis prejuicios musicales han ido desapareciendo, aunque nunca llegué a ser muy muy de Kiss hasta que el pasado jueves vi la madre de todos los shows musicales que montaron en el Coso de los Califas. Con ese beso intenso e hipnótico que componen su espectáculo y su música -sí, su música- me convertí en otro fiel miembro de la Kiss Army.

Inolvidable ese arranque con la caída del gran telón negro con el logo de Kiss que tapaba un escenario más grande que la propia plaza de toros después de que sonara por los altavoces Rock and roll de Led Zeppelin. Inolvidable la escena posterior en la que aparecieron descendiendo en plataforma desde el cielo de Córdoba. E inolvidables el vuelo de El Chico de la Estrella como complemento al clásico Love Gun, el ascenso a las alturas de El Demonio a ritmo del sonido de su propio bajo, los disparos de fuegos artificiales de la guitarra de El Hombre del Espacio o la elevación en plataforma de El Gato al ritmo de un gran solo arrancado a su batería.

De circo, nada. Todo el show es un complemento perfecto de espectáculo y música. Sí, también de música. Kiss tiene verdaderos himnos, como I was made for lovin you, que forman parte de la historia del rock, y lo demostró en Córdoba en un concierto que provocó el éxtasis y ganó más besoadictos.

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