Crónica del Córdoba CF-Sporting de Gijón

Y de repente, un beso para levitar (3-0)

  • Con goleada y un dominio claro de la situación, el Córdoba confirma su remontada para la historia y sella su permanencia en la categoría.

  • Dos tantos a la media hora encarrilaron el partido y encendieron El Arcángel.

Los jugadores del Córdoba celebran un tanto. Los jugadores del Córdoba celebran un tanto.

Los jugadores del Córdoba celebran un tanto. / Álex Gallegos

Estaba solo, cada vez más solo. Deambulaba moribundo, con la mirada perdida y el único apoyo y, en pocas ocasiones, de algún muro desconchado, entrando en una pelea por quién caería antes. Su obsesión era que el tiempo pasara lo más rápido posible para toparse con el final para el que lo habían preparado. No encontraba siquiera una razón por la que estirar la mano y volver a agarrarse a la vida. Había optado ya por penar, apenas penar, sobre todo de manera interior, como si tuviera reparo en mostrar sus vergüenzas al exterior. Por eso no lloraba, no languidecía, rumiaba sus pesares para sí, mortificándose un poco más por no hallar explicación lógica a todo un sinsentido. Pero entonces apareció, como por arte de magia, una sombra de la que emanó un beso, un simple beso que pasó de fraternal a conquistador en un viaje de unos segundos que parecieron eternos. Y abrió los ojos por fin, levantó su rostro y puso la mirada el en infinito. Y comenzó a levitar, paso a paso, poco a poco, viéndose cada vez más cerca de un paraíso impensable, recorriendo un camino desconocido, sintiéndose parte de este mundo que fue pasando de blanco y negro a color hasta, por fin, convertirse en una explosión de júbilo, de emociones, en una fiesta para la que recibió la última invitación y en la que acabó acarapando el protagonismo. Todo por un beso, por un brazo lanzado hacia el infierno del que ha renacido con la fuerza de un huracán este Córdoba que ayer consiguió mantener su vestido de plata, una plata bañada en oro, y abrir una puerta hacia un futuro esperanzador. El oscuro pasado ya está enterrado y no merece ni el más mínimo recuerdo. Al menos en mitad de esta nube de felicidad nunca vista, desaparecida incluso cuando se caminó hacia la gloria.

Porque hoy la satisfacción lleva aparejada la liberación. Y los honores y los parabienses se los merecen otros. Esos que fueron tachados de tarados por subirse a un barco a la deriva con el fin de reconducirle el camino. Esos que apostaron por devolver, con todo y contra todo, la ilusión y la fe a un entorno apagado que ayer lució con la mejor de las luces. Esos que convirtieron lo rutinario y lo normal en un regalo para un grupo que, tras recuperar el pulso y con él la sonrisa, sacó lo mejor de sí mismo para alcanzar este desenlace soñado junto a su gente. Todos derramaron lágrimas, por fin sacando al exterior toda la rabia acumulada durante un curso inolvidable, por el principio, pero fundamentalmente por el final. Por esa alegría compartida, viajera entre la grada y el césped, por el honor recobrado para un escudo y unos colores que no se merecen otra cosa, o quizás más, pero nunca un paso menos. Por esos abrazos llenos de emoción y sinceridad con el compañero de butaca, el amigo en el reencuentro o camino de los vestuarios. Era el epílogo dibujado en la mente que fue realidad.

Y lo fue de forma merecida. Porque a pesar de jugarse la vida, de tener la necesidad de tener que ganar para no depender de nadie, el Córdoba pasó por encima de un rival que, ojo, no estaba sólo de invitado, sino que se jugaba ser tercero y el factor campo en todo el play off. Empezó calmado, sin precipitación, alternando el juego corto con la verticalidad que ofrecía Guardiola con su movilidad al espacio. Como mandaba el guión en una situación extrema como ésta, avisó primero con un tiro de Aguza desde la frontal que atrapó bien Mariño; y golpeó antes del cuarto de hora, algo que no había hecho en toda la temporada. Aguza buscó la carrera del pichichi a la espalda de Barba y el pichichi definió a la perfección ante la salida del meta. Golazo y liberación y euforia a partes iguales en el banquillo, el palco y el graderío, además de en unos jugadores que reforzaron su plan, pasando a jugar más en campo propio buscando la contra para sentenciar, dejando a un enemigo sin capacidad ni ganas de meterse en faena con lo que tiene por delante.Es más, casi de seguido, Fernández tuvo el segundo tras un contragolpe de libro lanzado por Reyes, pero Mariño apareció para evitar que el balón besara de nuevo la red. El partido era del CCF, que hacía y deshacía a su antojo ante un Sporting que apenas inquietó en dos ocasiones, consecutivas y claras: primero Isma López mandó a las nubes un remate franco, con su pierna mala, en el punto de penalti, y acto seguido fue Michael Santos el que no encontró puerta con un zurdazo desde la corona del área. Pero fue apenas una excepción ante un conjunto blanquiverde dominador absoluto de la situación, contundente en el área propia y despejado de mente con la posesión. Un cuadro local que aumentó distancias al paso por la media hora tras desempolvar una vez más la pizarra. Reyes la puso lejos, Aythami la devolvió al área y Quintanilla la empujó a la red aprovechando una posición ligeramente adelantada. Pero el gol subió al marcador y la cita quedó encarrilada, cómodo para alivio de equipo y grada.

Aunque como cabía esperar, el Sporting quiso quemar sus naves sabiéndose fuera del tercer puesto en el inicio del segundo acto. Subió líneas y asustó de salida con una jugada con doble tiro desde la frontal que Quintanilla desvió para arreglar la situación a Pawel entre una nube de piernas que le dejaban ver poco. Fue un arrebato asturiano, respondido de inmediato, para aplacar los ánimos y enchufar de nuevo a la grada con un par de apariciones de maestro de Reyes, que Aguza estrelló en un zaguero y Guardiola mandó al limbo con todo a su favor a un metro de la meta.

Pero el Sporting tenía claro que quería morir matando y Baraja metió a Jony por Canella para dar más verticalidad a su ataque. Con el dominio absoluto del balón, ante un Córdoba cómodo que se dejaba para asustar con transiciones a la carrera –Fernández tuvo el tercero con un cabezazo que entre Mariño y el larguero sacaron–, los rojiblancos pasaron a jugar mucho en campo contrario, incluso pisando área con balones colgados, con remates que la zaga impedía que llegaran a Pawel. Un espectador de lujo para el fin de fiesta, una carrera celestial de Aguado sobre el 90’ que sirvió para cerrar, con goleada, una temporada histórica con el mejor de los finales posibles. Gracias por hacerlo posible, gracias por que las lágrimas derramadas tuvieran un sentido. Y gracias por tender la mano a aquel equipo moribundo en el que nadie creía para llevarlo a los cielos, por más que le pese a algunos.

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