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¡Por fin una liberación!

  • Los aficionados, entre la ola, el 'sí se puede' y los vítores continuos a sus jugadores, respiraron profundamente cuando el árbitro señaló el final del encuentro, ya con la salvación en el bolsillo

¡Por fin una liberación! ¡Por fin una liberación!

¡Por fin una liberación!

Heroico, histórico, sublime, angustioso, sentimental... Se acabarían los adjetivos para poder definir lo que ayer se vivió en El Arcángel. Con un lleno hasta la bandera, con más de 20.000 aficionados esperando la gesta de un equipo al que nunca ha abandonado desde la llegada de Jesús León y en el que desde que José Ramón Sandoval tomó las riendas siempre ha confiado, el cordobesismo pudo por fin liberarse de sus presiones y vivir una fiesta con mayúsculas.

Eso sí, antes hubo que pasar por escenarios de todo tipo. Una montaña rusa de emociones que variaba con el resultado, no sólo el de los blanquiverdes, sino el de los campos donde también estaba en juego el devenir final de la competición. Tensión y sufrimiento, pese a los marcadores favorables. Ese que por fin hizo respirar a todos y que más de una lágrima se derramara por las mejillas de muchos seguidores a los que los nervios le atormentaron desde muchas horas antes del partido definitivo, de la final por la permanencia.

Pero el epílogo fue el ansiado, el esperado, el soñado por todos y cada uno de los aficionados blanquiverdes que, desde el gol de Aythami la pasada jornada en Reus, han vivido con un continuo roe que roe en el estómago. La intranquilidad, el nerviosismo propio de una caída asumida meses atrás pero contra la que se han rebelado todos y cada uno de los puntos en los que se sustenta el club -propiedad, plantilla, cuerpo técnico, empleados, prensa y aficionados- desde el cambio de rumbo dado en enero y que finalmente pudo tener el desenlace deseado por todos.

La salvación de la categoría en la última jornada ha sido sin duda alguna el momento cumbre de la temporada, conseguida de forma agónica y con el sello propio de una entidad acostumbrada a vivir este tipo de finales. Los abrazos sobre el césped se extendieron y reflejaron en las gradas, en una comunión perfecta entre un equipo que lo ha dado todo hasta el último suspiro y una afición que, viera lo que viera, siempre ha estado de parte de sus jugadores en un tramo final de competición de leyenda. Los ha apoyado, los ha animado tanto en casa como a cientos y cientos de kilómetros, han sabido sufrir con ellos y al final, han paladeado al igual que ellos esa salvación impensable hace cinco meses y hecha realidad a base de trabajo, sufrimiento, fe y paciencia.

El Arcángel, muchos minutos antes de que el colegiado diera el pitido inicial, fue completando su aforo de unos aficionados que eran conscientes de que iban a la última batalla, a la definitiva. Así, desde los exteriores del estadio ribereño ya se dejaron notar con gritos de aliento a los jugadores, a los que tras iniciarse el duelo no dejaron de insuflar aliento para llevarlos en volandas y acompañarlos a una permanencia histórica.

Los futbolistas ya comenzaron a notar el calor de los suyos desde el calentamiento, pero al mismo tiempo dejaban traslucir esa concentración máxima del que sabe que se lo juega todo a una carta, a una sola carta. Y no tardaron en tranquilizar a una afición que vibró con el primer gol de Guardiola, comenzó a creérselo con el segundo, obra de Álex Quintanilla, y explotó ya al final cuando Álvaro Aguado puso el colofón al partido, a la final que se estaba jugando y a la temporada con un soberbio gol en jugada individual. Los aficionados, entre la ola, el sí se puede y los vítores continuos a sus jugadores, respiraron profundamente cuando acabó la contienda.

Con el pitido final, el Córdoba se aferró entre lágrimas a la Segunda División, a la categoría de plata del fútbol nacional, donde mínimamente debe militar un equipo cargado de historia, apoyado por una ciudad y alentado por más de 20.000 almas que se mantuvieron en vilo hasta que el árbitro señaló la conclusión del encuentro. Ahora, al club blanquiverde se le abren unas nuevas expectativas bajo la dirección de una propiedad en la que todos y cada uno de los cordobeses y cordobesistas confían ciegamente, porque entre otras cosas, se lo han ganado.

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