El dolor y el dolor del otro convergen en la solidaridad

Psicología

El ejemplar comportamiento social ante la desgracia de Adamuz refuerza nuestros lazos ciudadanos y alimenta la ética del cuidado y la solidaridad también en los que no estábamos allí

Ciberodio: el complejo proceso de establecer vínculos destructivos

Mantas y ropa de abrigo en la caseta municipal de Adamuz para cobijar a las víctimas.
Mantas y ropa de abrigo en la caseta municipal de Adamuz para cobijar a las víctimas. / Juan Ayala
Rosario Ortega Ruiz
- Catedrática de Psicología del Desarrollo y la Educación

Córdoba, 08 de febrero 2026 - 06:59

Seguimos hablando de emociones y hoy, desgraciadamente, también de terribles “cosas que pasan”; cosas que son dolorosas, nos impresionan, nos conmueven y nos hacen actuar. Reflexionaremos hoy sobre el sentimiento de dolor, propio y por el dolor del otro. Se trata de una emoción compleja que aspira, o se convierte, en un sentimiento que, en determinadas circunstancias, nos deja una huella que conecta y revela una parte profunda de nuestra identidad, que no siempre vemos cuando nos contemplamos en el espejo.

En su sentido estricto, el dolor es una emoción provocada por un estímulo desagradable que acompaña a una lesión o deterioro de tejidos corporales, que todos reconocemos como algo indeseable, que nos hace sufrir y del que necesitamos aliviarnos lo antes posible. Pero psicológicamente, el sentimiento de dolor incluye procesos cognitivos, de sensibilidad hacia elementos internos y externos, emociones de naturaleza socio moral, así como procesos de toma de decisiones y de aprendizaje profundo, cuya expresión temporal puede ser corta, de mediana duración o infinitamente larga y profunda.

Reconocemos los dolores propios y, gracias a nuestra capacidad empática, sabemos identificar también los dolores de los demás, y eso nos permite, en gran medida, ser solidarios con los otros. La toma de conciencia sobre la importancia que atribuimos al dolor ajeno está ligada a procesos psicológicos muy complejos, tales como: a) la empatía cognitiva y afectiva -proceso mediante el cual somos sensibles a dicho dolor-; b) la información y el conocimiento que tenemos del trauma acontecido -lógicamente no es lo mismo contemplar un resbalón fortuito que vivir una experiencia de pérdida de un ser querido-, y c) la atribución de causa y consecuencia -procesos cognitivos que van acompañados de emociones sociales y morales, como la responsabilidad, la culpa y la búsqueda de soluciones para la eliminación del dolor y la restitución del bienestar.

El dolor propio puede ser difícil de sobrellevar y, de hecho, gran parte del trabajo sanitario en cualquier sentido se dirige a tratar de evitarlo lo más posible, por eso es tan importante saber que disponemos de sistemas de salud y seguridad de calidad. El dolor ajeno nos reclama movilizar procesos cognitivos, emocionales y conductuales de los que afortunadamente disponemos, aunque muchas veces no seamos conscientes de hasta qué punto la solidaridad anida en nuestra propia identidad. El dolor por el dolor de los demás reclama y obtiene el auxilio de la competencia ética, que activa nuestra capacidad moral para saber ponernos en el lugar del que sufre, del que está en riesgo de sufrir y, desgraciadamente, a veces en riesgo de muerte.

En el dolor por el dolor de otro, el impacto e impulso que clama a la urgencia de actuación -arousal-, va seguido de ese proceso cognitivo de evaluación más o menos reflexiva - appraisal- que también activa inquietud, inseguridad y agudos dilemas: ¿cuáles son mis propios riesgos?, ¿qué consecuencias tiene no actuar?, ¿puedo?, ¿debo? ¿cómo?... Y entonces aparece una emoción poco conocida, pero que todos identificamos en la práctica: el coraje moral. Cuando en circunstancias que aúnan pánico y riesgo de muerte o de tragedia ajena, el coraje moral viene en nuestro auxilio y sentimos el sufrimiento de los otros como dolor propio. La empatía nos predispone, pero se requiere un nivel superior de comprensión y asunción de responsabilidad moral ante el dolor ajeno. Es lo que llamamos solidaridad. Esta es una dimensión de la identidad personal, que proviene de los valores éticos que nutren el proceso cognitivo-emocional implícito en la socialización y la conciencia ciudadana y que se activa ante el dolor ajeno.

La catástrofe recientemente vivida en nuestra comunidad revela la fuerza de la solidaridad. Los medios de comunicación nos han mostrado la sensibilidad moral y la conducta solidaria de los y las ciudadanas del pueblo de Adamuz. La toma de decisiones de esos conciudadanos, su entrega incondicional a la labor de rescate, ayuda, cobijo y protección de víctimas y familiares encarna la fuerza del coraje moral de esos conciudadanos. Y en la misma línea, observar a autoridades locales, regionales y nacionales afrontar con firmeza y control sostenido de sus responsabilidades políticas, revela la importancia de los valores éticos de nuestra cultura.

El ejemplar comportamiento social ante la desgracia de Adamuz refuerza nuestros lazos ciudadanos, y alimenta la ética del cuidado y la solidaridad también en los que no estábamos allí, porque nos identifica simbólicamente con ellos como ejemplo del valor de la sensibilidad ante el dolor ajeno. El ser humano es así: individualista y reservado a veces, y valiente y lleno de coraje moral y conexión afectiva, cuando toma la decisión de anteponer el dolor de los otros a cualquier otra urgencia personal.

Adamuz quedará en nuestra conciencia ciudadana como ejemplo de saber que disponemos, en nuestra identidad, de una dimensión moral que compartimos culturalmente y que nos trasciende como individuos. Los valores morales, el pensamiento ético, se fortalecen ante el reconocimiento de que las tragedias, los grandes cataclismos, aunque terribles, revelan lo mejor que tenemos: la capacidad de ser sensibles al dolor ajeno.

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