Ciberodio: el complejo proceso de establecer vínculos destructivos
Psicología
Los contenidos de odio de las redes sociales están pensados para debilitar la función racional y ética y estimular la función impulsiva: leer sin comprender, contestar sin pensar, decidir sin valorar, afiliarse a algo sin saber qué significa
Emociones: ánimo, miedo y pasiones adolescentes
En la columna del mes pasado -nuestro último encuentro entre la psicología científica y las “cosas que pasan”-, señalábamos la función social de las emociones. Hoy dialogaremos sobre una emoción, la ira, que desbordando el saludable marco afectivo interpersonal, y actuando en las redes sociales, produce el ciberodio. Nunca una emoción tan perturbadora como la ira y el sentimiento que genera había llegado a tener la amplitud y los efectos perturbadores que el ciberodio tiene.
En su sentido estricto, el odio, como el amor, juegan en la intimidad del contacto presencial y del deseo por compartir estados emocionales. Pero internet y la potencia comunicacional de las redes sociales ha prolongado su efecto hasta pervertir su función, poniéndola al servicio de extrañas y destructivas pasiones. El sentimiento de odio es francamente intenso y, cuando se despliega en el marco interpersonal, produce graves efectos: insultos, agresión, violencia, entre otros. Emoción y efectos que pueden ser revertidos, ya que se aprende también a ser consciente de sus consecuencias. El agresivo puede recibir una respuesta de idéntica naturaleza, y muy pronto aprende que hay que ser precavido y controlar la ira.
La ira, como toda emoción, tiene su arousal, su impulso, siempre excitante y urgente; pero también su appraisal, o momento reflexivo y de evaluación que aporta contención y ajuste. Dicho ajuste, además de racional -“no debo agredir, porque me puede devolver la bofetada”, “es más grande y fuerte que yo, saldría perdiendo”-, incluye la valoración ética: “mi insulto puede hacerle daño”, “es injusto reírme de su vulnerabilidad”, “mi obligación es respetar su particularidad”. El escenario digital estimula emocionalmente el primero y oscurece el segundo. Los contenidos de odio de las redes sociales están pensados para debilitar la función racional y ética y estimular la función impulsiva: leer sin comprender, contestar sin pensar, decidir sin valorar, afiliarse a algo sin saber qué significa. Además, el anonimato oculta la autoría e identidad del agresor y la audiencia aumenta la sensación de ser observado, reconocido, admirado, querido y apoyado con un simple me gusta, lo que favorece la impunidad.
Como toda emoción, la ira puede contagiarse. Estimular la ira con palabras de odio, ejerce un contagio, bien calculado con algoritmos específicos. Contenidos que enganchan al simpatizante ingenuo; bulos y falsedades que parecen ser atractivas o verdaderas, siendo falsos. Los valores morales, el pensamiento ético, tiende así a debilitarse o desconectarse. Supuestos defectos ajenos, supuestas maldades o conductas reprobables son atribuidas a aquellos contra los que los contenidos de odio se dirigen, lo que debilita el control que en general suele ejercer el criterio moral, estimulando la excitación y la adhesión al desbarre agresivo.
Los contenidos de odio de la red social tratan de mantener activa la estimulación, tratando de aprovechar la excitación, al tiempo que se emborrona el pensamiento crítico y se fragmenta y desconecta la toma de decisiones racional. Este juego emocional de alto voltaje es, además, adictivo; se busca mantener el enganche, la adicción hacia esa intensa y perturbadora emoción de ira.
Las redes sociales digitales proporcionan a sus usuarios la percepción de que están en comunicación con muchos otros que piensan como el/ella mismo, a los que es extensible su propia ira. Ello proporciona al odiador -hater en la terminología- una falsa sensación de poder, de dominio y control social, que le permite olvidar o desconectar de su propia inseguridad, su miedo a la soledad o su terror ante su propia ira.
Si en todas las edades resulta difícil desenmascarar los mensajes de odio que circulan por las redes sociales digitales, insertados en bulos y falsedades, para los adolescentes puede resultar una trampa en la que caer cuando van buscando popularidad, vínculos y publicidad. La fantasía, casi alucinatoria, de ser importante, ser elegido -like- hace creer que se tienen muchos amigos. El narcisismo, no siempre patológico, pero siempre problemático, y la búsqueda de una identidad propia, más brillante y exitosa, seduce al adolescente y lo engancha al pegajoso magma de una red social que le estimula permanentemente con contenidos de odio y le invita a seguir enfadado y dispuesto a ser miembro activo de un discurso de odio dirigido por supuestos líderes y fórmulas, protegidos por algoritmos desconocidos.
Las redes sociales digitales ponen el escenario y el joven incauto, excitado por la búsqueda de reconocimiento y amistad, se olvida de su capacidad cognitiva de reflexión y control ético de su conducta. Son, además, el marco donde nace y se agrava el ciberbullying, que encuentra su poder de distribución de odio facilitado por la tecnología.
Pero, para comprender el daño del ciberodio, hay que incorporar el análisis sociológico: naturaleza y características de los grupos, ideologías ingenuas, perversas, clasistas, extremistas, neofacistas o intereses políticos o económicos. No basta saber que internet y las redes sociales están propiciando que jóvenes, deseosos de afecto y filiación, busquen en ellas lo que la realidad no les da o ellos creen que no son capaces de encontrar. Hay que saber que los contenidos de odio que portan las redes sociales se presentan como prolongación de oscuras emociones como la ira y de inquietantes y destructivos sentimientos, alimentados por diseños de inteligencia artificial mediante algoritmos que seducen y producen adicción. Con buena lógica, los contenidos de odio de la red social van organizando lo que la Sociología denomina “discurso del odio”.
(*) Rosario Ortega Ruiz es catedrática de Psicología del Desarrollo y la Educación. Prof. Emérita de la Universidad de Córdoba donde dirige el Laboratorio de Estudios sobre Convivencia y Prevención de la Violencia (www.laecovi.com) y miembro de la Academia de Psicología de España (https://www.academiapsicologia.com/index.php/2025/09/15/rosario-ortega-ruiz/)
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