Antonia Arjona, Señora de las Tabernas 2026: "La hostelería cordobesa se construye con familia, trabajo y verdad"

Antonia Arjona Galán repasa más de medio siglo de esfuerzo junto a su marido, Alberto Rosales Ortega, y el nacimiento de un legado que hoy es referente en Córdoba

¿Qué significa en Córdoba ser Señora de las Tabernas? El título que es mucho más que un título

Antonia Arjona posa en la Posada del Caballo Andaluz
Antonia Arjona posa en la Posada del Caballo Andaluz / Miguel Ángel Salas

Hay personas que no necesitan grandes discursos para explicar una vida. Les basta con una sonrisa serena y una memoria limpia. Antonia Arjona Galán ha recibido el reconocimiento como Señora de las Tabernas 2026 con esa naturalidad que la ha acompañado siempre. A sus 85 años no habla de éxitos empresariales ni de expansión, sino de familia, de trabajo y de lealtad.

El reconocimiento otorgado por el Aula del Vino de Córdoba le ha llegado "con sorpresa y emoción". “Sentí un agradecimiento grandísimo”, subraya. Conocía bien a quienes se lo comunicaron, había compartido encuentros y reuniones del sector durante años junto a su marido. “Cuando una persona que conoces te reconoce, te da confianza. Fue muy bonito”, refiere.

Pero para entender lo que significa este título hay que volver atrás, a una Córdoba muy distinta, a un barrio que empezaba a crecer y a una pareja joven que solo pensaba en salir adelante.

De peluquera a sostén de una taberna

Antonia comenzó a trabajar con apenas 13 años. Aprendió el oficio de peluquera y montó su propio negocio en el barrio. “Yo estaba acostumbrada a trabajar. En mi casa hacía falta. Mi padre tuvo un accidente en Renfe y la paga se quedó pequeña. Éramos tres hermanos y había que ayudar”, recuerda.

Se casó el 12 de abril de 1964 con Alberto Rosales Ortega, "un joven que llevaba la hostelería en la sangre". Huérfano de padre desde los 14 años, había llegado a Córdoba en 1949 desde Ciudad Real para trabajar con su tío en el Bar Rosales, frente a la antigua plaza de toros. "Desde niño vivió detrás de una barra", como ella explica. “Yo iba a poner mi peluquería, pero Alberto me dijo: ‘Toñi, tú me ayudas a mí’. Y yo lo vi claro. Cada uno por un lado no tenía sentido. Así empezamos juntos”, apunta.

Ese mismo año nació Bar Crismona, en el Sector Sur. Aquel local, que en 1987 pasaría a llamarse oficialmente Restaurante Costa Sur, se convertiría en el germen de todo lo que vino después.

Los primeros años: marisco, barrio y puertas abiertas

Hablar de aquellos comienzos es hablar de esfuerzo constante. No había lavavajillas, ni cámaras modernas, ni maquinaria que facilitara el trabajo. “Había que limpiar mucho, recoger mucho. Los platos se lavaban después del servicio y los manteles se secaban en casa”, incide. Pero también es hablar de ilusión.

Traer al barrio productos como almejas y mejillones fue una auténtica revolución en una ciudad de interior. “Eso no lo ponía nadie en Córdoba. Venía gente de muchos barrios”, anota. Las cáscaras de marisco, cuentan entre risas sus hijos, aparecían años después cuando se removía la tierra en obras cercanas.

El ambiente era otra cosa. “Por la noche nos sentábamos en la puerta. Los vecinos charlaban hasta tarde y los niños jugaban en la calle. Yo era muy feliz”, insiste. No lo dice desde la nostalgia amarga, sino desde la memoria agradecida. Cuando se le pregunta qué fue lo más duro, responde sin dramatismos: “El día a día. Mucho trabajo. Pero yo estaba joven y no pensaba en sacrificios. Pensaba que tenía una familia que sacar adelante”.

Si tuviera que definir aquella etapa en una palabra, probablemente sería "felicidad". Una felicidad construida desde lo sencillo, desde el barrio, desde el contacto diario con los clientes que acababan siendo amigos.

Antonia Arjona entre sus hijos Alberto e Isabel
Antonia Arjona entre sus hijos Alberto e Isabel / Miguel Ángel Salas

Crecer sin perder la esencia

En 1972 dieron un paso decisivo con la apertura de Costa Sol, en Ciudad Jardín. “Fueron muy visionarios”, apunta su hija Isabel. Era un barrio en expansión, familiar, con vida. El negocio funcionó durante más de tres décadas.

En los años 80 llegarían El Faro y La Bahía, consolidando la apuesta por el marisco de calidad y el producto bien tratado. “Mi marido era muy profesional. Cuando venía algo nuevo en hostelería, él estaba el primero. Era un hombre abierto, le gustaba aprender”.

En 1999 nació Restaurante Puerta Sevilla, en San Basilio, y en 2001 Taberna La Viuda. En 2012, la tercera hija, Isabel, se puso al frente de La Posada del Caballo Andaluz, reforzando la cocina tradicional y el concepto de casa de comidas con recetas heredadas de madres y abuelas.

Pero cuando Antonia recuerda ese crecimiento insiste: “Yo no pensaba en hacer algo grande. Pensaba que el futuro estaba ahí y que era el pan de mis hijos”. Nunca hubo obsesión por el tamaño, sino por la estabilidad, la dignidad del trabajo y la continuidad.

Una familia educada en el esfuerzo

Los cuatro hijos -Alberto, José, Isabel y Paco- crecieron entre mesas y fogones. Terminaban el colegio y ayudaban en el negocio. “Han sido muy buenos. Han estudiado y han trabajado. Desde pequeños sabían que el trabajo era sagrado”, puntualiza.

El padre era exigente. Como cuenta, "no quería a los niños detrás de la barra jugando. Había que respetar el oficio". Aquella disciplina marcó a la segunda generación. “Nos han inculcado que con el trabajo no se juega”, explica Isabel. “Esa profesionalidad la llevamos dentro”, añade.

Hoy el grupo da empleo a 55 personas. Antonia habla de los trabajadores como si siguiera en el barrio del Sector Sur. “No eran empleados de un día. Eran familia. Iba a las comuniones de sus hijos, llevaba regalos cuando nacía un niño, me interesaba por el colegio”, destaca.

La relación era cercana, humana. “Tienes que conocer a las familias, tratarlas bien. No es solo pagar y que se vayan. Eso es bonito”, sostiene. Para ella, la empresa nunca fue solo números, sino "personas".

La hostelería que cambia

Más de cinco décadas dan perspectiva. Antonia ha visto transformarse la hostelería cordobesa. “Ha cambiado muchísimo. Antes era muy bueno, pero también muy antiguo. Ahora hay cosas mejores”, refiere.

No idealiza el pasado ni critica el presente. “La vida evoluciona. O evolucionas o te quedas atrás. Nosotros hemos evolucionado”, subraya. Recuerda los viajes a bodegas, los encuentros con hosteleros de otras ciudades, el interés constante por aprender y por incorporar mejoras sin perder la esencia.

Las tabernas de los años 60, como refiere, tenían un fuerte componente social. “El hombre salía del trabajo y su parada era el bar. La mujer iba con los niños. Nos juntábamos todos. Era una relación muy cercana”, recuerda. Hoy, como explica, las costumbres han cambiado, "pero la vocación de servicio sigue siendo el eje del oficio".

Mujer en segundo plano… pero imprescindible

Cuando empezó, la presencia femenina en la dirección hostelera era escasa. “Yo estaba en un segundo plano, pero un plano bueno. Nadie me decía nada. Lo hacía porque quería”, incide.

Nunca se sintió relegada. “Alberto siempre me dio mi sitio”, destaca. Trabajaba en cocina, organizaba, limpiaba, resolvía. Sostenía. Fue una pieza clave en la estructura invisible que mantiene vivo cualquier negocio familiar.

Hoy celebra la incorporación plena de la mujer al sector. “La mujer en la hostelería es lo mejor que podía haber pasado. La entiende muy bien. Me encanta ver mujeres atendiendo mesas, gestionando negocios. Eso me satisface mucho”, apunta.

A las jóvenes les lanza un mensaje claro: “Que emprendan. La hostelería te enriquece. Si tratas bien a la gente, la gente te responde bien”. Su consejo se resume en tres palabras: constancia, honestidad y cercanía.

Antonia Arjona posa en la Posada del Caballo Andaluz
Antonia Arjona posa en la Posada del Caballo Andaluz / Miguel Ángel Salas

Lo que se perdió y lo que se ganó

La pregunta inevitable es si tanto esfuerzo mereció la pena. “Nos hemos perdido cosas”, reconoce. “Un Día de Reyes con los niños pequeños, por ejemplo. Cuando todo el mundo está celebrando, tú estás trabajando”, relata.

Pero no hay arrepentimiento. “La mayoría de las cosas las doy por válidas. En lo positivo me quedo”. Para ella, el balance es claramente favorable: una familia unida, un proyecto consolidado y una trayectoria limpia.

Habla con serenidad de su marido, de los años compartidos, del respeto mutuo. “El secreto es el cariño y la buena relación. Nos hemos querido mucho y eso se lo hemos transmitido a nuestros hijos”. Ese es, quizá, el verdadero legado.

El legado de una vida sencilla

Cuando entra hoy en uno de los establecimientos y ve a sus hijos al frente siente tranquilidad. “Sé que lo están haciendo bien. Mantienen los valores”, sostiene. ¿Qué le emociona más, un restaurante lleno o el cariño de un cliente habitual? “Cuando estaba lleno eran todos conocidos, todos amigos. Era una alegría verlo así”.

No se arrepiente de nada. “Estoy muy tranquila con todo lo que he hecho. He sido leal y honesta con todo el mundo”. Y cuando se le pide que piense en cómo le gustaría ser recordada dentro de 30 o 40 años, no habla de empresas ni de expansión. “Que digan que he sido buena persona. Que he querido mucho y que he sido leal. Nada más”, anota.

En una ciudad donde la taberna forma parte de la identidad colectiva, la historia de Antonia Arjona no es solo la de una empresaria o la esposa y madre de hosteleros. Es la de una generación que levantó negocios desde abajo, que convirtió el trabajo en vínculo y que entendió que la hostelería, antes que un sector, es una forma de estar en el mundo. Una hostelería hecha, como ella misma relata, de puertas abiertas, respeto, familia y verdad. Porque, como relata, y en ello es un ejemplo, "la hostelería cordobesa se construye con familia, trato familiar, trabajo y verdad".

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