Sin permiso. Canciones para el silencio Antonio Morales, ¡presente!

Un momento de 'Sin permiso. Canciones para el silencio' de Ana Morales. Un momento de 'Sin permiso. Canciones para el silencio' de Ana Morales.

Un momento de 'Sin permiso. Canciones para el silencio' de Ana Morales. / Víctor Rodríguez

Sin permiso. Canciones para el silencio es un espectáculo íntimo de una delicadeza extraordinaria. También frágil, como todo lo delicado, de modo que requiere una actitud activa, una apertura por parte del espectador: el deseo de mirar sin prisas y acompañar lo que sucede en el escenario.

También es el resultado de dos procesos. Por un lado el de maduración de Ana Morales, una bailaora extraordinaria a la que en los últimos años hemos visto crecer a pasos agigantados. Los pasos perdidos (2015) le sirvió para cerrar una etapa mientras que Una mirada lenta (2017) la situaba ya entre las grandes, ofreciéndole la seguridad suficiente como para afrontar cualquier proyecto con total libertad y conciencia.

Por otro lado está este proceso de búsqueda -pendiente desde que llegó a Sevilla con quince años desde su Barcelona natal- de sus raíces andaluzas, indagando en la vida de su padre, un hombre de vida dura que, con pocas palabras y muchos silencios, la introdujo en el mundo del flamenco.

Ahora que él, tan celoso de su intimidad, no está ya para impedírselo, Ana Morales ha hurgado hasta el fondo para completar ese hueco que sentía en la zona masculina de su historia y de su personalidad, y que nunca se había planteado hasta ese momento. Una indagación que ha desarrollado a lo largo un año y medio, en cuatro residencias con pequeñas presentaciones llevadas a cabo en distintos países. El tiempo suficiente para saber si quería y sí podía compartir su historia personal con el público y si era capaz de convertirla en arte y expresarla a través de su lenguaje, que no es otro que el flamenco.

Así lo pensó y así lo ha hecho. Con la ayuda escénica de Guillermo Weickert, del magnífico bailaor José Manuel Álvarez para mirarse en el espejo y reconocer (y aceptar) su parte masculina, de un Juan José Amador (la figura paternal) capaz de emocionarla y emocionarnos con una voz salida de las mismas entrañas, y de unos músicos excepcionales, ha desnudado su alma con una historia que cada espectador recibirá según su bagaje y su propia sensibilidad.

Además de bailar maravillosamente, Morales posee una presencia escénica que no se improvisa ya que procede de la experiencia, de la sinceridad de lo que cuenta y de las herramientas que posee para convertir su relato en arte y no en una mera exhibición de sus asuntos privados. Así, con un tiempo dilatado, difícil para los flamencos, vamos viendo su desconcierto inicial, la búsqueda de su otro yo con un difícil y hermoso dúo entre los bailaores, el encuentro con su padre mediante una impresionante serrana de Amador, su primera falda de lunares y sus primeras incursiones, por rumbas y sevillanas, en las peñas locales...

Fundamentales en todo el trabajo son también, junto a la música, su vestuario color carne, unos paneles de caña que velan pero no ocultan y una atrevida iluminación que, al quedar vacío el escenario, impide que la artista esconda ni un solo recoveco de su cuerpo, hecho de pura danza, y tampoco de su alma.

Al final, unidas sus dos mitades, no le queda más que recordar a ese padre en el olor de su viejo abrigo ya deshabitado.

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