Las historias más oscuras de Córdoba que casi nadie se atreve a contar
Del Cristo de los Faroles a la Mezquita o la Torre de la Malmuerta se suceden relatos populares que siguen poniendo el vello de punta
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Las calles de Córdoba son testigos mudos y telón de fondo de muchas de las historias, leyendas y relatos populares más misteriosos. Algunos de ellos son reales y otros conceden espacio a la ficción pero todos siguen poniendo el vello de punta a locales y visitantes.
No hay más que pasear al anocher por la Plaza de Capuchinos, presidida por el imponente Cristo de los Faroles, para creer a quienes cuentan que un soldado, tras salvar su vida, acudía cada noche a las doce a rezar ante él.
Una historia muy diferente gira en torno a la Cruz del Cautivo de la Mezquita-Catedral de Córdoba. El primero es una curiosa talla, en forma de cruz, inserta en una de las columnas de la Mezquita. Poco se sabe sobre quién o cuándo pudo hacerla. Según reza la leyenda, un joven cristiano se enamoró de una mujer musulmana. Se decidió a pedirle matrimonio y ella aceptó, con la promesa de que se convertiría al cristianismo. Sin embargo, la misma noche en que la chica iba a ser bautizada, fue interceptada por unos soldados que la asesinaron y tiraron su cuerpo al río.
Poco después también capturaron al joven y lo encadenaron a una columna de la Mezquita. Y durante su cautiverio oradó con su uña pacientemente la forma de la cruz como símbolo de su fe.
Parte del pasado más oscuro de la ciudad forma parte el Alcázar de los Reyes Cristianos, algunas de cuyas dependencias fueron testigos de los interrogatorios y torturas por parte del Tribunal de la Inquisición a los acusados de herejía. De hecho, en la Córdoba del siglo XVI tuvo lugar la mayor matanza de judaizantes ordenada por un temible verdugo de la época, el Inquisidor Diego Lucero 'el Tenebroso'. Este masacre, ordenada contra la contra la comunidad judeoconversa local, sería la hoguera inquisitorial más mortífera de la historia de España.
Una torre con un tesoro ¿inaccesible?
En los alrededores de la famosa Plaza de Colón de Córdoba se encuentra la Torre de la Malmuerta, una torre albarrana que es famosa por la trágica leyenda que la envuelve. La tradición segura que debe su nombre a la muerte de una noble dama cordobesa a manos de su marido celoso.
También conocida como leyenda de los comendadores de Córdoba, está basada en un hecho histórico ocurrido en 1448 en la capital. El drama tiene como protagonista a Fernando Alfonso de Córdoba, quién dio muerte a su esposa, Beatriz de Hinestrosa, y a su supuesto amante, Jorge de Córdoba y Solier, comendador de Cabeza del Buey. En esta historia también resultó muerto Fernando Alfonso de Córdoba y Solier, hermano del anterior y comendador de Moral. Ambos hermanos eran caballeros de la Orden de Calatrava y primos de del celoso marido.
Parece ser que Fernando Alfonso de Córdoba mató a su esposa y al descubrir que ésta no le había sido infiel, se mostró arrepentido y solicitó perdón al rey Juan II de Castilla. El monarca -según reza la leyenda-le mandó erigir en Córdoba una torrea a modo de expiación por su crimen.
Sin embargo, la fecha de su construcción no cuadra en modo alguno con la que reza en el truculento relato. La Torre de la Malmuerta fue construida entre 1404 y 1408, coincidiendo con el reinado de Enrique III de Castilla. El protagonista de este oscuro capítulo, Fernando Alfonso de Córdoba, murió en Córdoba en 1478 y sus restos recibieron sepultura en la capilla de San Antonio Abad de la Mezquita-Catedral de Córdoba. Allí también fue enterrada los de su segunda esposa, Constanza de Baeza y Haro.
Pero a falta de una, hay otra leyenda, propia de los relatos más fantasiosos que asegura que si un jinete, pasando bajo el arco de la torre al galope es capaz de leer toda la inscripción, inmediatamente la torre caería y saldría de sus entrañas un increíble tesoro que debería quedarse.
En nombre de Dios
El pasado de la Plaza de la Corredera también es la suma de un torrente infinito de anécdotas y... ¡no todas felices! Se cree levantada sobre el antiguo Circo Romano de la ciudad. Es mucho más que un lugar de encuentro de cordobeses y turistas que atestan los veladores de los numerosos establecimientos ubicados en sus soportales.
La actual construcción porticada data del siglo XVII (1683). Concretamente es un diseño del arquitecto Antonio Ramos Valdés -a instancias del corregidor Francisco Ronquillo Briceño- pero hay evidencias de que en el siglo XIV fue una plaza irregular.
El nombre le viene dado por otro de sus usos pretéritos, ya que acogió corridas de toros. También fue uno de los lugares destinados en Córdoba durante la Inquisición a los temidos autos de fe y ejecuciones. Según los datos existentes, la última ejecución llevada a cabo tuvo lugar en 1838.
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