La historia olvidada de Beatriz Enríquez de Arana, la cordobesa que enamoró a Cristóbal Colón
Nacida en Santa María de Trassiera, alumbró a Fernando Colón, segundo hijo del navegante genovés
Córdoba también tiene sus propios Romeo y Julieta: este monumento recuerda su historia de amor
La historia de Córdoba está salpicada de mujeres fascinantes, en muchas ocasiones silenciadas por la historia y las hazañas de los propios hombres.
Una de esas figuras es Beatriz Enríquez de Arana, quien era hija de Pedro de Torquemada y Ana Núñez de Arana, modestos labradores de Santa María de Trassierra. Siendo muy niña quedó huérfana por lo que ella y su hermano, Pedro, fueron adoptados por su tío, Rodrigo Enríquez de Arana, quien le otorgó también los apellidos.
Beatriz acabaría siendo una figura determinante en la vida de Cristóbal Colón. Se conocieron en 1485, cuando ella tenía 20 años y el marino 35. Y poco tiempo después, en 1488, se convirtió en la madre de su hijo menor, Fernando Colón.
La relación entre ambos fue estable y duradera, aunque nunca llegaron a casarse. En aquella época Colón era todavía un aventurero sin fortuna ni reconocimiento, y su situación personal era incierta.
Con el tiempo, la fama de Colón creció tras el viaje de 1492, y Beatriz permaneció en Córdoba, totalmente alejada de las expediciones y de la gloria que acompañaría al descubrimiento de América. La cordobesa moriría en la tierra que la vio nacer hacia 1521.
Fernando Colón, que se convertiría en uno de los más importantes humanistas de la época creció en Córdoba con su hermanastro Diego -a quien Colón confió a Beatriz mientras viajaba busca de las Indias en esa su aventura trasatlántica. Pero la plácida vida de Fernando daría un giro inesperado en 1493 cuando Colón se lo arrebató a la madre. ¿La causa? Una supuesta infidelidad de ella.
El descubridor recogió a sus vástagos a su paso por Córdoba camino de Barcelona, donde se dirigía para informar a los Reyes Católicos de todo lo acontecido en su llegada a las Indias.
Los hermanos Colón llegarón a Barcelona, de la mano de fray Bartolomé de las Casas para formar parte de la corte del príncipe don Juan, y parece que nunca más vieron a Beatriz, al igual que el propio Cristóbal Colón.
La Córdoba de Colón
Definitivamente, la historia de España y del mundo no sería la misma sin los encuentros, acuerdos y conversaciones que mantuvieron Cristóbal Colón y los Reyes Católicos en Córdoba.
El almirante llegó a la ciudad a comienzos 1486 para tratar de convencer a los monarcas de su ambicioso propósito de viajar a Asia por la ruta del oeste. Pero no sería hasta que se firmaran las decisivas capitulaciones de Santa Fe, en 1492, cuando el genovés consiguiese convencerlos de acometer tan ardua empresa.
Durante esos años en nuestra tierra Colón no sólo entabló relaciones amorosas con Beatriz Enríquez de Harana, sino que se recreó en disfrutar y conocer algunos de los emplazamientos más bellos. Al parecer, era un enamorado de la actual barriada de Santa María de Trassierra, que se convirtió en su particular locus amoenus.
En concreto se dice que solía recorrer lo que posteriormente se bautizarían como los Baños de Popea, un tramo natural de pequeñas cascadas y saltos de agua que se alternan con remansos pequeños en torno al curso del Aroyo Molino, muy próximo a la desembocadura del río Guadiato. Apenas dos kilómetros separan este oasis natural de Trassierra
Fernando sería un hombre culto, apasionado por los libros y el conocimiento. Llegó a reunir una de las bibliotecas privadas más extraordinarias del Renacimiento europeo y escribió una importante biografía sobre su padre que hoy sigue siendo una fuente fundamental para conocer la vida del navegante.
Sin embargo, mientras la fama de Colón crecía tras el viaje de 1492, Beatriz permaneció en Córdoba, lejos de las expediciones y de la gloria que acompañaría al descubrimiento de América.
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