Las gafas de culo de botella de Fernando Ónega fueron cruciales para la Historia de España
Hay detalles que cambian la Historia. Quién sabe cuántos votos sumó Adolfo Suárez por lo afortunado de sus discursos cruciales en la recta final de las elecciones del 77, además de sus coletillas tipo "puedo prometer". Sin duda había detrás un buen 'escribidor', como él se definía. Ahí estaba Fernando Ónega, prietas las filas con un presidente ex falangista, cuando las revoluciones solo se pueden hacer desde dentro, que necesitaba alzarse en los comicios para timonear el cambio iniciado. Que había iniciado desde la dirección de TVE.
La televisión, como la Hispania romana, fue la primera en oxigenarse de espíritu renovador, gracias a Suárez y su entorno, con Franco abriendo los Telediarios todos los días, y casi la última institución pública en deshacerse de resistentes vestigios carca.
Fernando Ónega, como se ha dicho tanto ahora, con su serena lupa vital de sangre galaica, tenía una prosa excelente, las frases diferente le salía sin querer desde la observación y, sobre todo, desde el razonamiento. Por eso se podía permitir haber inventado la tertulia radiofónica en un país que solo había aprendido el ordeno y mando. Todos coinciden en que era buen periodista, pero sobre todo buena persona, algo que no abunda en esta profesión, créanme.
Cuando estaba en la dorada infantería de los contertulios era impensable que se ausentase, recordaba Gabilondo a Alsina en la puerta de la capilla ardiente. El de Onda Cero, cadena que tuteló para que creciera con personalidad, recordó que solo se había ausentado tres veces en 17 años y que Fernando sufría mucho apuro por esas contadas bajas. Además era honesto y consecuente. Necesita tiempo para aportar datos y opinión, para no tener que meter la pata y para no tener que cornear. Necesitaba silencio para hablar. Libertad para pensar para disfrutar de la libertad de decir. Nada que ver frente a las urgencias y bilis de tantos todólogos actuales.
Ónega se puso a las órdenes de Suárez porque no pasó la prueba de imagen para los Telediarios de la Transición. Y aquí está la clave de dónde pudo estar este gallego sereno en unos meses fundamentales. Sus gafas de culo de botella le llevaron a la Moncloa, no a Prado del Rey.
Se quedó fuera de los Telediarios de Rafael Anson, informativos sin tantos melindres ni custodias. Aquellas noticias para hablar de los partidos y la didáctica del reformado sistema las contarían el sonriente y visionario Lalo Azcona; y dos periodistas en línea con Ónega en formas y presencia, el más sobrio Eduardo Sotillos (encargado del informativo de la noche) y el llamado 'telebombón' (término de aquellos tiempos) Pedro Macía, para la medianoche, un nombre de la casa.
Fernando Ónega y sus ampias gafas se quedaron fuera de la terna, así que le aguardaba Suárez en la Moncloa donde todo estaba por armarse y amueblarse, nunca mejor dicho. El calmado lucense tendría tiempo de sobra para conducir otros informativos, ya a todo color, en las privada.
Como lo que sucede conviene, nos convenía a todos que en 1977 le pusiera música a las ideas de Adolfo Suárez.
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