• Grandes empresas y la joyería sostuvieron el tejido productivo hasta que la caída del ladrillo hizo saltar por los aires una estabilidad que aún está lejos de recuperarse

Cambios convulsos en la economía

De los años de bonanza a dos crisis encadenadas

Pisos en construcción en Córdoba capital tras la parálisis del sector después de la primera crisis económica. Pisos en construcción en Córdoba capital tras la parálisis del sector después de la primera crisis económica.

Pisos en construcción en Córdoba capital tras la parálisis del sector después de la primera crisis económica.

Juan Ayala

Escrito por

· Noelia Santos

Redactora

Casi nada hacía presagiar, allá por el año 2000, los convulsos cambios que iba a sufrir la economía cordobesa en apenas dos décadas. Eran años de bonanza, Prasa encabezaba el potencial cordobés en materia de construcción junto a Noriega e incluso Arenal 2000. Esa fortaleza del ladrillo también le vino bien a un sector clave en Córdoba, la joyería, que por aquel entonces había perdido el fuelle de antaño, pero seguía conservando parte de su potencial (mermado, sobre todo, por las prácticas de economía sumergida).

En la provincia había trabajo, la construcción permitió la incorporación laboral de miles de personas y eso generaba consumo. Promociones de pisos nuevos e hipotecas a mansalva fueron la tónica habitual durante aquella primera parte de la década de los 2000, tanto que Córdoba ya se hacía ilusiones con la industria, el sector que todo el mundo quiere potenciar, pero que muy pocos consiguen sacar adelante. Todo iba bien hasta que el ladrillo comenzó a derrumbarse.

Sede de Prasa, en el Bulevar de Gran Capitán. Sede de Prasa, en el Bulevar de Gran Capitán.

Sede de Prasa, en el Bulevar de Gran Capitán. / Álvaro Carmona

Una crisis que aún hace estragos

Cuando todo estalló, allá por 2008, la ciudad y la provincia empezaron a darse cuenta de que ese sueño industrial había que dejarlo aparcado, tanto como paralizada iba a quedar la construcción. Las grúas que antes dibujaban el paisaje de una ciudad en crecimiento empezaron a desaparecer y mientras éstas se desplomaban, lo que subía, y a un ritmo vertiginoso, era el paro.

La construcción había sido puerta de entrada para miles de jóvenes que habían abandonado los estudios en pos de llenarse el bolsillo, lo que provocó que las listas del desempleo se llenaran de gente con escasa formación que tenía muy complicado volver a integrarse en la cadena de montaje. Pero la crisis no hizo mella únicamente en el ladrillo; como un castillo de naipes, todo fue cayendo por su propio peso.

Claro que la construcción fue esa mecha que prendió la llama que al final lo arrasó prácticamente todo. Nada o casi nada queda ya de Prasa, Noriega o Arenal 2000, pero ni mucho menos fueron las únicas. La crisis de 2008 también se llevó por delante a uno de los mayores símbolos de esta provincia: Cajasur. La entidad había invertido en el ladrillo millones y millones de euros, movimientos que provocaron su quiebra, la intervención del Banco de España y su posterior integración en el grupo vasco Kutxabank.

La caída de todo un sector y sus consecuencias fueron tan estrepitosas que Córdoba aún no se ha recuperado del todo. La crisis de 2008 fue la de los desahucios, la de colas eternas en la oficina del paro y la de aceptar una realidad que siempre estuvo presente, aunque no se quisiera ver: el campo y el turismo tenían que tirar del carro. El tejido laboral quedó tan dañado que aún a día de hoy la temporalidad alcanza al 97% de los contratos y Córdoba sigue liderando la triste lista de territorios con mayor nivel de desempleo de toda España.

Confianza ciega en dos sectores

Con la construcción en horas bajas, a Córdoba le tocaba recomponerse (como buenamente podía). Ahí estuvieron, y siguen estando, la agricultura y el sector servicios.  Dos sectores, eso sí, que no aportan –casi nunca– estabilidad laboral. El campo siempre estuvo y siguió estando disponible, mientras que el sector servicios, con el turismo y la hostelería a la cabeza, fue el refugio laboral de tantos cordobeses como pocos años antes lo había sido la construcción.

La crisis encrudeció la realidad de muchísimos cordobeses, sus efectos más adversos llegaron alrededor del año 2012, época en la que Córdoba ya empezaba a explotar la que iba a ser su nueva gallina de los huevos de oro: el turismo. A la ciudad apenas había que venderla, y a la provincia más de los mismo. Con escasas campañas promocionales, la provincia alcanzó el hito del millón de visitantes en el año 2014 tras quedarse a las puertas en 2013, y la capital lo consiguió por sí misma en 2017. En esto tuvo mucho que ver la declaración a finales de 2012 de los Patios como Patrimonio Mundial, mientras otro sector, el turismo gastronómico, fue ganando enteros.

Turistas en el Puente Romano en mayo de 2014, año en el que la provincia superó el millón de visitantes. Turistas en el Puente Romano en mayo de 2014, año en el que la provincia superó el millón de visitantes.

Turistas en el Puente Romano en mayo de 2014, año en el que la provincia superó el millón de visitantes. / Ó. Barrionuevo

A medida que esto fue ocurriendo la situación laboral mejoró un poco, pero muy poco, dado que el problema que Córdoba tiene en materia de empleo era –y sigue siendo– estructural. Además, la nueva crisis en la que estamos inmersos ha dejado claro que la dependencia hasta un punto extremo de un sector como el turístico no iba a traer nada bueno. Tampoco hay que olvidar, dentro de los servicios, al comercio. Dañado por la crisis de consumo, cuando empezó a verse mejoría vinieron las grandes franquicias a quitarle gran parte de sus clientes. A día de hoy, las tiendas de barrio, las pymes y los autónomos siguen teniendo muy difícil subsistir dentro del tejido productivo cordobés.

Aunque detrás de todo esto también existe una lectura positiva. Esa industria que no se ha sido capaz de impulsar sí ha tenido un pequeño reducto de éxito en la agricultura. La industria de la agroalimentación es ahora mismo un campo con enorme potencial en Córdoba, especialmente en la provincia (ejemplo de ello es Covap, una referencia a nivel nacional), aunque no tanto en la capital. También habría que unir a ello el desarrollo logístico, sin olvidar el esfuerzo que costó sacar adelante el parque de la carretera de Palma del Río, por poner solo un ejemplo.

La explosión de una crisis inesperada

Y cuando todo parecía estabilizarse, cuando las grúas volvieron a resurgir y el consumo daba signos de mejora, llegó el coronavirus. Lo hizo, además, en el peor momento. El confinamiento necesario para no colapsar la sanidad supuso la parálisis de todo el sistema. Esto pasó en marzo, a las puertas de la temporada alta turística de Córdoba. Se perdió la Semana Santa y todo el Mayo Festivo, y cuando se abrió la veda de nuevo era verano, una época de vacas flacas para la economía cordobesa.

El gran problema de Córdoba ahora mismo, en materia económica, es no haber contado en ningún momento con un tejido productivo robusto. En la primera crisis lo tenía todo apostado a la construcción, y la construcción se desvaneció llevándose por delante el sustento de miles de familias. En esta segunda crisis el turismo y la hostelería componían gran parte de la fortaleza económica, ahora gravemente mermada por las consecuencias económicas y sociales de la crisis sanitaria.

Son muchos cambios en 20 años, dos décadas marcadas por dos crisis que, prácticamente, han venido encadenadas. El reto de la provincia en materia económica no es nuevo, aunque todo apunta a que habrá redoblar esfuerzos para ver, aunque sea un poco, la luz al final del túnel.

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