Prendimiento

La lluvia deja al Prendimiento sin el sueño de la Catedral

  • La cofradía realizó dos peticiones de prórroga, pero a las cinco y media de la tarde comenzó a caer un aguacero sobre el colegio Salesiano que despejó las dudas.

La crónica de lo que ayer se vivió en el santuario de María Auxiliadora, sede de la hermandad del Prendimiento, es la crónica de una decepción, dolorosa como todas. La secuencia de los hechos se podría resumir de forma simple, aludiendo tan sólo a lo que se vio entre las cuatro y media y las cinco y media en la amplia porción de cielo que se puede otear desde el amplio patio del Colegio Salesiano, espacio sagrado y feliz en la memoria de tantos y tantos cordobeses. Primero eran todo nubes, luego nubes y claros y, finalmente, un enorme nubarrón grisáceo, deforme como un continente de tristezas, que acabó con cualquier ilusión de salir a la calle cuando comenzó a derramar sobre la ciudad una lluvia no copiosa, pero sí persistente. Suficiente en todo caso el aguacero para que el cabildo de aguas de esta cofradía salesiana decidiese, tras pedir dos plazos de demora, que se quedaban en su templo y no acudirían a su cita con la carrera oficial. Hubo entonces vivas a la imagen del Prendimiento, a Nuestra Señora de la Piedad y a san Juan Bosco, pero aquello no fue suficiente para consolar a los muchos nazarenos jóvenes y a los costaleros que no fueron capaces de controlar las lágrimas. El agua con la que dos hermanos habían llenado las garrafas mientras aún brillaba el sol con timidez, antes de la lluvia, jamás llegó a la garganta de los costaleros. Quedaron allí los cántaros como símbolos del infortunio.

Fue, en realidad, una gran lástima que no saliese a la calle el Prendimiento, pues el ambiente cofrade que se vivía en el patio de los Salesianos, donde esperaban cientos de nazarenos y las cuadrillas de costaleros, era magnífico. Nada nuevo en esta cofradía, a la que el hecho de estar vinculada a un centro educativo con tanta vida como éste, con tanto espíritu juvenil y bullanguero, le aporta un aroma especial, que la distingue. Ayer, además, apenas una hora antes de la salida, estaban confiados, pues las predicciones no eran malas y jugaba a favor la idea de que esta cofradía suele ser valiente y echarse a la calle a la mínima que el tiempo conceda una oportunidad. "Aquí estamos un poco locos, así que yo creo que saldremos", explicaba un costalero, con el costal ya colocado, momentos antes de que comenzase a llover, y era imposible no pensar en lo ocurrido el año pasado, cuando salió a la calle pero hubo de volverse al poco tiempo.  

Al final, el agua se impuso por su propio peso y los propios costaleros reconocían que no había otra solución posible que la de quedarse y no abrir el portón de la calle María Auxiliadora. Se produjo entonces ese ir y venir de gentes más bien caótico que acontece en estos casos: puertas que se colapsan. Padres que acuden a recoger a sus hijos. Niños que lloran. Adolescentes que maldicen su suerte y echan una lágrima de rabia. Músicos que guardan su instrumento y se encienden un pitillo.

A la postre, y por segundo año consecutivo, la hermandad del Prendimiento no pudo cumplir su reto de llegar hasta la Mezquita-Catedral. Otro año será.

Ojalá el próximo.     

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