• La localidad cordobesa de poco más de 350 habitantes vuelve a registrar temperaturas mínimas más bajas que en Burgos

  • La tradición de las hogueras en la plaza de la Constitución pervive pese a la pandemia, aunque se ha suspendido la de Nochevieja

Alto Guadiato

Valsequillo: Candelorios para combatir un frío de récord

Candelorio en la plaza de la Constitución de Valsequillo. Candelorio en la plaza de la Constitución de Valsequillo.

Candelorio en la plaza de la Constitución de Valsequillo.

El Día

Escrito por

· Ángel Robles

Redactor

El año 2020, con su pandemia, sus virus, sus encierros y sus distancias, ha ardido, se ha consumido, igual que el fuego de los candelorios de Valsequillo, el municipio de Córdoba que tiene por tradición en Nochebuena y Nochevieja prender una hoguera monumental en su plaza principal para sacudirse las bajas temperaturas y despedirse de sus pesares. De ambas cosas, del frío y de penas, ha sabido mucho Valsequillo en este año del que ya solo quedan los rescoldos, y mejor que sea así. 2020 se recordará sin ningún tipo de añoranza también en este rincón del Alto Guadiato cordobés de 356 habitantes que, como el resto del mundo, cierra un año al ralentí con la mascarilla puesta; por fortuna, el SARS-CoV-2 no ha provocado aquí ninguna muerte, y eso es lo mejor que se puede decir del ciclo que acaba.

Los candelorios valsequillenses, una tradición que se repite en otros puntos del Norte de la provincia como Alcaracejos para combatir las temperaturas gélidas, que aquí caen bajo cero casi cada noche, empiezan a prepararse en los meses de septiembre u octubre, momento en que los hombres del campo sacan la leña a los caminos para facilitar su transporte ya que, como explica el alcalde, Francisco Rebollo, “si se deja dentro de las fincas, en el caso de que llueva, resulta imposible entrar con las máquinas a recogerla”. Hay quien aporta unas ramas caídas de encinas viejas o cepas de olivo que pasan a mejor vida. Otros vecinos llevan cartones, papeles, “cosas que tienen en casa y ya no se utilizan o no se quieren”, como el año 2020, por ejemplo. Todo es bienvenido.

El día anterior a la Nochebuena, un camión fletado por el Ayuntamiento hace varios viajes por los caminos en busca de la madera, mientras en la vasta plaza de la Constitución, delante de la parroquia de la Inmaculada Concepción, se extiende una fina capa de arena para proteger el enlosado. La pira, de varias toneladas, sigue un protocolo: en la base pequeños trozos para que arda bien, en la superficie los troncos más recios y fuertes.

Las brasas chisporrotean con horas de antelación, pero el encendido oficial de la hoguera tiene lugar al finalizar la misa del gallo, con el niño Jesús ya en el establo, entre la burra y el buey. Habitualmente esto ocurre entrada la madrugada del día de Navidad, pero este año se anticipó a las seis de la tarde como medida anticovid, una manera de evitar tentaciones nocturnas, algún trago de más y de atajar la vida social, que desde noviembre, por culpa de un inesperado repunte de coronavirus, ha adquirido tintes casi monacales en este rincón del Alto Guadiato.

Cuenta el alcalde valsequillense que eran los quintos –los jóvenes que se tallaban antes de empezar el servicio militar obligatorio- quienes antaño se encargaban de prender los candelorios. Era, sin ser conscientes, una metáfora del paso a la vida adulta. La juventud se consumía en el fuego y la madurez empezaba a trompicones en algún acuartelamiento lejos del pueblo. Ahora la chavalería, cada vez más escasa por el despoblamiento, sigue siendo parte fundamental en esta celebración.

Porque el candelorio sirve tanto de monumental estufa como de epicentro de la vida social. Acuden mayores, niños y jóvenes. Los vecinos asan chorizos y morcillas a la lumbre, porque cochino matado, invierno solucionado. Y hay quien, incluso, prepara unas migas, viandas con las que se intenta entrar en calor en la gélida llanura guadiateña. Son tradiciones que, otra vez, el virus ha obligado a cancelar en este 2020 fatídico que se consume, por lo que los candelorios han sido mucho más austeros, como obliga la nueva normalidad que también ha de arder en la pira. Como medida anticovid, también se ha suspendido la hoguera de la Nochevieja.

Como telón de fondo, el frío que en Valsequillo lo empapa todo: el paisaje que se hiela por las noches, las conversaciones, las comidas que se sirven en El Mesón –también discoteca, cuando se puede- y en el bar del hogar del pensionista. Humean las chimeneas, hierven los fuegos en las cocinas y las camas quedan sepultadas bajo los edredones y las mantas porque hay noches, ya se sabe, en que hace más frío que en Burgos. O, al menos, tanto como en la ciudad castellanoleonesa.

Una bandada de grullas sobrevuela el paisaje guadiateño. Una bandada de grullas sobrevuela el paisaje guadiateño.

Una bandada de grullas sobrevuela el paisaje guadiateño. / El Día

Y no es una frase hecha, sino que lo confirman los registros de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet). Ocurrió el domingo, 27 de diciembre, por ejemplo, cuando en la pequeña localidad del Norte de Córdoba los termómetros cayeron hasta los 4,2 grados bajo cero mientras en Burgos hubo 3,4 grados negativos. Valsequillo, en todo caso, no es una isla gélida en el Alto Guadiato y Los Pedroches, sino que son muchos los municipios que se hielan de madrugada. Hinojosa del Duque es otro de ellos: el termómetro bajó hasta los -3,8 grados. En Espiel las temperaturas también incitan a abotonarse hasta arriba: -4,1 grados soportaron los vecinos.

Estamos acostumbrados, todos los años es igual”, dice el alcalde restándole importancia, y suena casi como un lamento. Las grullas llegadas del Norte de Europa se cuentan ya por miles a las afueras del municipio, y a veces una bandada pasa dibujando una flecha sobre los tejados. A sus pies, los valsequillenses caminan abrigados, rápidos, frotándose las manos, buscando los rescoldos en la plaza de la Constitución donde el 2020 ha ardido, se ha consumido entre maderas de chaparro y olivo. 

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