Aveces basta un segundo de incomodidad para advertir que algo no ha quedado a buen recaudo. En ese leve desajuste se intuye que algunas palabras pedían silencio y ciertos gestos, menos luz. La desaparición del pudor no llega con estrépito; se desliza como las mareas, sin que nadie advierta el instante en que el agua cubre la orilla. Hoy la conversación pública, la pantalla y hasta la sobremesa parecen expuestas a la intemperie. Quiere decirse que el pudor no está reducido sólo al cuerpo. Es también una forma de administrar el alma. Vive en la pausa previa a contarlo todo, en ese temblor sutil que ayuda a distinguir entre lo íntimo y lo mostrable. Se articula como un lenguaje silencioso, una suerte de gramática del respeto que todos entienden sin necesidad de explicaciones. Como cuando se protege una llama con la mano para que no se apague al primer soplo. En el pudor hay delicadeza. También sabiduría antigua. La de tantas generaciones que comprendían que muchas verdades necesitan reposar en la sombra para no secarse.
Se vive en exposición. La vida se ha vuelto transparente. Basta un teléfono para convertir cualquier instante en escaparate. Contamos alegrías, fracasos, discusiones, enfermedades, opiniones aún sin asentar. Todo comparece y todo se vuelca. En ese gesto de liberación también asoma la desnudez. Si todo se ilumina, el mundo de la vida pierde su volumen. Como un cuadro bajo esa luz blanca que aplana sus relieves y borra las sombras. El pudor devuelve contraste a la vida. No es una idea nueva. Aristóteles veía en el pudor (aidós) el temblor moral que educa al hombre antes de alcanzar la virtud; una disposición que contiene el exceso y le enseña a medir lo que muestra, hasta que el bien llega a hacerse hábito. Lo no dicho abre un punto de hondura. Lo reservado engendra también confianza. Hay cosas que solamente se confían a los amigos, otras requieren años, y algunas no necesitan palabras. El tiempo hace de filtro. Como el vino que se decanta para que respire antes de servirse. Pero ahora manda el instante. Si no se publica, nada ocurre. Vivir empieza a parecerse más a dejar un rastro inmediato que a una experiencia capaz de sedimentar, integrarse y volverse memoria. Nos hemos acostumbrado a mirar sin apartar los ojos y a hablar sin sentir rubor. Lo privado se ha vuelto un género ligero, consumible, se diría que sin poso. Sin embargo, todos reconocemos ese instante turbador en el que algo se ha expuesto sin medida. Ese segundo en que el silencio habría sido más digno. Ahí se intuye que la dignidad posee una temperatura secreta y que, cuando desciende, también se enfría el ambiente.
No creo que asistamos a la desaparición del pudor; en todo caso, a su desplazamiento hacia ámbitos más discretos de la vida. Hemos ganado franqueza, espontaneidad, incluso valentía para nombrar lo que antes se ocultaba por miedo o por vergüenza injusta. Puede ser. Pero en el camino olvidamos que muchos silencios nacen del cuidado, igual que la tierra cubre la semilla para que pueda germinar. El pudor nos recuerda algo primordial, porque hay pliegues del otro que no nos pertenecen. Traza una frontera suave que sostiene la convivencia sin saturación, un pacto invisible que evita vivir constantemente bajo el foco. Para advertirlo, basta buscar refugio en el silencio al cerrar la puerta, al apagar el móvil o al confiar algo a quien sabemos que sabrá guardarlo. Ahí el pudor reaparece como necesidad viva, como una brasa bajo la ceniza que todavía puede calentar si se la protege del viento. Cicerón entendía el pudor como una suerte de decoro que sostiene la convivencia. Intuía que, sin esa reserva interior, la vida pública pierde medida y la esfera íntima su amparo. Toda comunidad necesita zonas de sombra para no deslumbrarse a sí misma. Quizá el pudor consista en esa delicadeza que permite que algunas cosas sigan guardando su misterio, porque hay silencios que no empobrecen la vida, sino que a veces la sostienen.