Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Ayesa como síntoma
Que todos los seres vivos, cada especie en su medida biológica y su capacidad discursiva, siempre ha vivido con el miedo a cuestas parece una obviedad. Ante la futilidad de la vida y lo efímero de la existencia, el temor, real o construido, a perder lo que se posee o se espera ha sido siempre un motivo de sufrimiento porque envuelve al ser, del que se apodera, en su entendimiento y su voluntad. Por ello, entendido como condicionamiento acaparador de totalidad, exige desde esta perspectiva ser tratado como una de las fuerzas principales del comportamiento teórico y existencial. Tanto que su efecto principal y significativo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son, como reprocha don Quijote a Sancho, momentos antes de lanzarse a la caza y captura de su enemigo Alifanfarón de la Trapobana transformado en rebaños de ovejas. O el pensamiento de Montaigne cuando asegura que no hay otra pasión más propicia, en el criterio de los médicos, para trastornar el juicio… A nada tengo tanto miedo como al miedo, insiste.
El miedo, como cualquier otra afección del alma, dispone de una extensa escala de intensidad, que explican los diccionarios y que va desde el No se puede vivir desde el miedo de Macbeth a su pérfida esposa, hasta el sobresalto más insustancial. Cada una de las cuales con una determinada función social.
Dadas estas condiciones, a lo largo de todas las civilizaciones, el miedo, en todas sus variantes y niveles, ha sido el instrumento principal de poder. Ya se cuida el león derrotado de lo que hace con el dueño del corral y en la especie humana ocurre otro tanto. A veces algunos ingenuos sugieren lo de vencer y convencer y consideran que las razones deben ser el procedimiento para convencer a la gente que no lo está. Pero ¡triste afán! Porque, aparte de que solo en contadas ocasiones alguien persuade a alguien (¿?), la forma más eficaz de arrastrar a las masas es el procedimiento a-racional de la motivación sensible y pasional, la que produce el miedo. Y que tiene como suficiente con el grito de: Ojo, que viene el lobo… Sobre todo cuando lo complementa el discurso electoral de Pío Baroja, en Paradox, rey: ¿Os gustan las habichuelas? Pues ya sabéis… Y ello a pesar de lo listos, cultos y superiores que somos los europeos, que incluso nos creemos que los bisabuelos salen del sepulcro, que fustiga despectivamente también Montaigne...
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