Forma y fondo
Victoria Adame
La misma lluvia
La lluvia nunca significa lo mismo. Depende de dónde te pille. No es igual escucharla caer desde un sofá que sentirla atravesarte el abrigo a las seis de la mañana. Hay lluvias que acompañan y otras que avisan. En ese contraste discreto, casi invisible, se entiende mejor cómo se reparte la experiencia cotidiana.
Para algunos, la lluvia es un lujo íntimo: una excusa para quedarse en casa, leer despacio, observar cómo el agua cae sin consecuencias. Para otros, es un inconveniente más, un retraso, una molestia en una agenda ya demasiado llena. Y para muchos, la lluvia deja de ser símbolo para convertirse en algo práctico: una variable más del día a día, algo que obliga a organizarse mejor y a prestar atención. La misma lluvia. Realidades distintas.
Nos gusta decir que la lluvia cae igual para todos. Es una frase cómoda, casi tranquilizadora. Pero basta salir a la calle para comprobar que no es del todo cierta. La lluvia no distingue, pero la intemperie sí. Hay quien la vive como sonido de fondo y quien la interpreta como advertencia. Hay quien la agradece porque ordena el día, y quien la recibe con prudencia porque desordena todo lo demás. El agua, sin quererlo, señala desigualdades con una claridad que incomoda.
Llueve y la ciudad se retrata. Los charcos aparecen siempre en los mismos lugares, igual que los problemas. Donde se improvisó, donde se recortó, donde se confió en que “no pasaría nada”. La lluvia no crea esas diferencias: las subraya, con una ironía persistente.
También hay algo personal en cómo miramos llover. A muchos nos gusta cuando sabemos que estamos a salvo. Nos inquieta cuando recordamos que no todos lo están. Tal vez ahí empiece una forma sencilla de conciencia: entender que disfrutar de la lluvia es, a veces, un privilegio silencioso.
Vivimos tiempos largos, como de lluvia continua. No es una tormenta memorable, sino un goteo constante que obliga a adaptarse. Mientras tanto, algunos se protegen sin pensar demasiado y otros calculan cada paso.
Cuando deja de llover, seguimos. Pero algo se aprende. La lluvia no cambia el mundo, pero lo revela. Y recuerda, con calma, que no importa tanto cómo cae el agua, sino desde dónde la vive cada cual.
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