La piedra de la pirámide

13 de febrero 2026 - 03:06

Apenas conozco a Paco Alba, pero sé que tiene un busto en Cádiz, y que en el Falla lo mencionan cada dos por tres. Sí sé que Paco Alba es un símbolo del carnaval, de los gaditanos, de los poetas marineros. Me crucé con su casa natal en Conil, con una placa como esas que tanto se ven por Triana, con nombres de flamencos, toreros, coplistas, bailaores, capataces y cómicos.

Por supuesto, le mandé una foto de la plaquita a mis amigos carnavaleros, que son quienes me contagiaron el gusto por escucharlo cada febrero y la razón de que de algo a mí me suene su nombre. La memoria hay que sembrarla. Si no fuera por su periódico recuerdo en las tablas del teatro y en las calles y en esas fotos y letras que lo citan y compartimos, Paco sería uno más de esos anónimos famosos de otro tiempo que sabemos que existieron pero de quienes nadie sabe nada más que lo que sus monumentos nos cuentan. Sería para los viejos una señal más de que el tiempo pasa y nos deja encerrados en un mundo al que los nuevos hombres no saben o no quieren entrar. Sería para los nuevos hombres una prueba de que el mundo existió antes que ellos, un mundo que en su corazón es distinto al suyo. En el aire, invisibles, flotan los recuerdos que compartimos. Y esa trama es frágil, viva, compleja, como esas flores que se marchitan con mirarlas.

En Marty Supreme, el protagonista, que además de as del tenis de mesa es judío, le trae a su madre, de sus viajes a Egipto, una piedra arrancada de las pirámides, diciendo: “Toma, esto lo construimos nosotros”. Tardé en entender que Marty hablaba de los judíos que trabajaron para los faraones. De no haberla entendido, la broma habría dejado de serlo, para ser tan sólo una frase sin gracia y sin sentido.

Por este motivo perdemos el sabor y el aroma del mundo. George Steiner lamentaba en uno de sus libros la menguante cultura de sus contemporáneos. Tal vez podrían conocer, de entre todos los personajes nombrados en dos fragmentos de Shakespeare, a Hércules, a Dido y a Néstor. Ni hablar de Troilo, de Tisbe, de Medea. Hoy la lista de los olvidados sería más gruesa. Hay muchos motivos, y no es cuestión de enumerarlos. Sólo es preciso constatar que los viejos reinos, los viejos héroes, las viejas pasiones y las viejas ideas, como los viejos carnavaleros, sólo son viejos si no se nombran.

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