En tránsito

La muerte tendrá tus ojos

No sabemos nada del suicidio. Y una muerte elegida jamás se puede explicar por una sola causa que lo aclare todo

Una de las últimas cosas que hizo Cesare Pavese antes de meterse en la habitación 346 del hotel Roma, en Turín, fue ir a comprobar si había una buena foto suya en la editorial Einaudi, porque esa foto iba a ser la que saldría en los periódicos cuando se publicara la noticia de su suicidio. Me pregunto qué habría pasado si no hubiera encontrado esa foto. ¿Habría seguido adelante con su idea de matarse? ¿O habría dejado de hacerlo porque no quería que se publicara la noticia de su muerte con una foto en la que no salía favorecido? ¿O se habría hecho una nueva foto hasta quedar satisfecho? Y luego, una vez comprobado que la nueva foto estaba en el archivo de la editorial y que todo estaba en orden, ¿se habría acostado como tenía previsto en la cama del hotel con el bote de barbitúricos en la mesilla de noche? ¿Habría seguido con todo el ritual tal como tenía pensado? ¿O ese hecho habría alterado para siempre sus planes y le habría quitado la idea de la muerte de la cabeza? Imposible saberlo.

En realidad, apenas sabemos nada acerca del suicidio. Ahora mismo todo el mundo está opinando sobre la muerte de la gran Verónica Forqué -yo el primero-, pero nadie va a tener jamás una clave de lo que ocurrió porque una muerte así jamás se puede explicar por una sola causa que lo aclare todo. Un día ya no podemos soportar nuestro declive físico, o nos angustian los problemas económicos, o nos sentimos condenadamente solos porque todas las personas que queríamos se han muerto o se han apartado de nuestra vida, y entonces pensamos que quizá no vale la pena continuar aquí. Las cosas ocurren así. Y da mucha risa que la gente ideologizada que no da ninguna importancia a la familia o a los afectos personales o al amor romántico por otra persona -porque los consideran aberraciones pequeño burguesas o burdas imposiciones heteropatriarcales- sean las que ahora estén poniendo el grito en el cielo porque haya personas como Verónica Forqué que lo estaban pasando muy mal y se sentían solas y un día prefirieron optar por el suicidio.

No sabemos nada de la muerte elegida, no sabemos nada de lo que nos lleva a tendernos en una cama con un bote de pastillas en la mesita de noche. Pavese lo dejó escrito en un poema: "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos". Eso, sólo eso. Y luego, sí, se metió en la habitación 346 del Albergo Roma en un tórrido día de agosto.

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