Vía Augusta
Alberto Grimaldi
La vía Adamuz
Miro la ropa antigua que ya no me pongo y huele a cerrado y a rancio, los calcetines sin elástico, las sartenes y cacerolas sin inducción y con el mango suelto que ya no me sirven, y me pregunto qué se acumula en las casas, qué se tira o se conserva en las mudanzas y por qué. Abro la carpeta con la plantilla del Betis de la temporada 96/97, con la tripa llena, y desparramo notas escritas a mano, certificados médicos, cartas de pago de la carrera, recibos, acreditaciones, documentos duplicados y triplicados, fotos de carné, pasaportes viejos. Veo todas esas caras a las que les van saliendo la cara que llevaban dentro, pelos en la barba, granos, pliegues, veo cómo la frente va perdiendo sus hojas y el rostro su ternura.
Un día, echando un vistazo a los libros que mi abuelo Paco tenía en su casa, abrí las primeras páginas de El sueño del Celta, una de las últimas buenas novelas, según dicen, de Vargas Llosa. Abría con estas palabras de José Enrique Rodó: “Cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno, sino muchos. Y estas personalidades sucesivas, que emergen las unas de las otras, suelen ofrecer entre sí los más raros y asombrosos contrastes”. Recuerdo poco más de aquellas exploraciones a su biblioteca, que era corta. Tenía veinte o veintiún años, escribía en un blog textos muchas veces pedantes y alambicados, leía mucho, veía mucho cine. Me miraba y me pensaba mucho, con una mirada y un pensamiento circulares, vacíos, intensos. Más que iluminarme, me cegaba. Frases como la de José Enrique Rodó encontraban fácilmente su hueco en mi cabeza y enraizaban en mi memoria.
Estos días, en que he tirado tanto, las he recordado. ¿Con quién hablas cuando te despides de las cosas? Hablas contigo y con ese montón de nombres que te llenan el corazón. Lo que un día fuiste y que aún te pertenece, y que espera a oscuras a que abras los cajones y pongas algo de orden en el desorden, va cambiando a solas, como ocurre con los niños que llevamos tiempo sin ver, y ante los que sentimos una leve violencia al saludarlos de nuevo, como si no fueran la misma persona. Ellos no nos recuerdan y nosotros no los recordamos. ¿Quién leyó este libro? ¿A quién se le ocurrió guardar todos estos bolígrafos que no escriben? ¿Quién era capaz de vivir con tanta gente metida en casa? Fue él, fui yo, somos nosotros.
También te puede interesar
Vía Augusta
Alberto Grimaldi
La vía Adamuz
La ciudad y los días
Carlos Colón
Por qué no hablamos alemán… O ruso
El mundo de ayer
Rafael Castaño
Mudanzas
Quizás
Mikel Lejarza
Apps para presidentes
Lo último