Gafas de cerca
Tacho Rufino
Viva Páramo
Ahora que ando sumergida en la lectura de El libro rojo (no el de Mao ni el de Bassat; en el liber novus de Jung, en la imponente edición a cargo –garantía de calidad– de Soni Shamdasani), pienso en aquello que el psiquiatra suizo pilló al vuelo: en los años inmediatamente anteriores a la I Guerra Mundial, la imaginería apocalíptica se extendió en las artes y la literatura europea. No fue casualidad, ni nada tiene de esotérico en quienes –poetas, artistas y ciertos filósofos–, habitando estos reinos de arriba, pegaron la oreja a lo que se movía por lo bajo, en los mundos de los sueños, las intuiciones, el cuerpo, la imaginación, y lo expresaron en obras casi visionarias. Si nuestra parte consciente es capaz de atar cabos y hacer planes de futuro, la subconsciente también puede verlas venir y manifestarse a su modo. Así pues, sostengo que muchas de las expresiones contemporáneas –la música, la estética, lo escénico, cine y series, la publi, e incluso los discursos políticos y las pamplinas de los denominados creadores de contenido– adquieren formas hiperbólicas a veces para provocar, pero a su vez evidencian lo inconsciente individual y colectivo. Lo que nos cuentan suena tremendo.
El éxito actual de lo mutante, poshumano, hipersexualizado y grotesco, convive con su complemento perfecto: supermercados de la luz y la redención donde, profanando lo sagrado sin que nadie parezca ofenderse por ello, lo arriman a discursos que prometen contención, seguridad, salvación individual e identidades fijas. Lo estamos viendo no solo en Estados Unidos. Ambas, monstruo y dogma, son la cara y la cruz del mismo espíritu de este tiempo. Una, lo evidencia en su forma sincera –lo caótico y distorsionado–; la otra, en su hechura sublimada, que utiliza lo espiritual para lo contrario de lo que es, como estructura identitaria y defensiva que blinda del dolor, de la vida real y de los otros, quienesquiera que seamos. Para predecir lo que viene solo hace falta un gramo de escucha: todos esos streamers muertos en vivo de un colocón, el Nobel de la Paz en el Despacho Oval, un simposio antiwoke llamado Despertar (To wake), tanta bachata en autotune, tanto apartar la vista y la palabra ante la matanza de 64.000 niños, todos esos que exhiben su recogimiento en Instagram… Toda esta resaca simbólica, ¿qué nos quiere decir?
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