Por montera
Mariló Montero
Una imagen vale más que mil palabras
Cuentan que las fotos han vuelto a hablar antes que los discursos, que el gesto cansado y el paso corto del Rey emérito han abierto un debate que muchos preferían seguir aplazando, y cuentan que hay quien se apresura a reducir una vida a sus sombras más recientes, olvidando deliberadamente la luz larga que proyectó sobre la historia de España. Cuentan que Juan Carlos I no está bien, que la salud se le ha vuelto frágil como se vuelve frágil el tiempo cuando pesa, y que esas imágenes han servido de excusa para reescribir el pasado con la tinta fácil del presentismo. Pero también cuentan –aunque algunos lo digan en voz baja– que sin aquel Rey joven, designado por una dictadura para perpetuarse y decidido, sin embargo, a desmontarla desde dentro, hoy este país sería otro muy distinto, quizá irreconocible. Cuentan que fue él quien entendió que la Corona solo tenía sentido si se ponía al servicio de la democracia, quien pilotó con pulso firme y riesgos reales una Transición que no estaba escrita de antemano y que pudo descarrilar muchas veces, quien apostó por el consenso cuando la tentación del ajuste de cuentas era fuerte y la memoria de la guerra aún dolía.
Cuentan que el 23 de febrero de 1981 no fue un gesto teatral sino una noche decisiva, en la que una intervención clara y sin ambigüedades inclinó la balanza del lado de la legalidad democrática frente al ruido de sables, y que desde entonces España pudo mirarse al espejo como una monarquía parlamentaria homologable a las europeas. Cuentan que luego vinieron los errores, algunos muy graves, los excesos de una vida privada mal gestionada, las explicaciones tardías y el descrédito, y que nada de eso debe ocultarse ni blanquearse, porque la democracia también consiste en exigir responsabilidades. Pero cuentan, igualmente, que juzgar una trayectoria histórica solo por su epílogo es una forma cómoda de no entender nada, de negar la complejidad de un tiempo y de una persona que fue clave para que hoy discutamos libremente sobre todo esto. Y cuentan que, desafiando lo políticamente correcto para algunos y el cálculo oportunista para otros, hay quien defiende que Juan Carlos I merece vivir lo que le queda de vida en España, no como privilegio sino como coherencia histórica, como reconocimiento a un papel que fue determinante y que no puede borrarse con un par de titulares ni con el exilio discreto de un anciano enfermo.
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