El mundo de ayer
Rafael Castaño
Lo hizo un mago
HABANERA. Bastaría pararse a considerar la ubicuidad de esta palabra evocadora para recordar que la música es la gran aportación cubana a Occidente. La música de Cuba (un escritor de allá lo dijo) tiene todas las virtudes que su política ignora: el ritmo, la armonía, el lirismo, la flexibilidad, el tributo, la transacción, el pluralismo y la gracia. Son también las cualidades que definen la labor musical de Leo Brouwer (La Habana, 1939), el más importante de los músicos cubanos vivos. Y el más vivo de los músicos cubanos importantes. Porque ha sabido aprovechar lo mejor que le ha brindado el mundo sin renunciar a la isla y viceversa. Porque ha tendido puentes llenos de arte y humanidad entre los artistas que van y vienen y quienes tuvieron que optar por uno de los dos verbos. Porque a sus 70 años puede sentir que ha hecho lo que le ha dado la gana y a su manera. Como dejó escrito Juan Miguel Moreno en su libro sobre el insigne guitarrista y compositor, Córdoba le debe el haber moldeado en sus primeros pasos una formación (la Orquesta de Córdoba) que no se parece a ninguna otra. Literalmente, que no es una más, precisamente por las virtudes que Brouwer le imprimió de manera indeleble en sus orígenes: la amplitud de miras programando, el sentido no sólo clásico del ritmo, el empaste armónico, el lirismo de su concertino (¡también cubana!), la flexibilidad y el pluralismo de su composición… En fin, lo dicho más arriba sobre el genio y su fértil producción. Como en ella debiera figurar con algún número de opus nuestra orquesta (también en buena medida el Festival de la Guitarra), la ciudad va a decirle estos días "felicidades" y "gracias". Desde diversos timbres, con varios ritmos y en distintas tonalidades.
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