Por montera

Un hombre solo

Si a Zelenski le alcanzara un misil, EEUU y Europa se quedarían sin su héroe y la guerra llegaría a su final

Un hombre solo ante el mundo. Sentado frente a su arma, la cámara de su ordenador, levanta la mano derecha en agradecimiento a los casi 600 miembros que forman ambas Cámaras de los EEUU que se reunieron de forma extraordinaria para escuchar al presidente de Ucrania, Zelenski. Ocurrió lo mismo con otros congresos de Europa y Reino Unido: solidaridad unánime y cerrada. Desde que Putin invadió Ucrania viste los colores de guerra en su camiseta, una abandonada y creciente barba y durmiendo en escondrijos. Es el objetivo principal de las tropas rusas, pero aún combate por la dignidad de su pueblo masacrado, solo. Si a Zelenski le alcanzara un misil o cualquier proyectil, EEUU y Europa se quedarían sin su héroe y la guerra llegaría a su final. Nuestro protagonista pide ayuda, pero no se le da lo que necesita. Se le ha condenado a librar una guerra, solo. Es como si estuviéramos en el Coliseo Romano, todos sentados en las gradas, mirando cómo el gladiador es devorado por una manada de fieras al que le vamos gritando palabras de ánimo y, de vez en cuando le echamos desde arriba, alguna espada para que siga defendiéndose. La contienda es a vida o muerte, por lo que cada vez que habla es un milagro que aparezca vivo. La ovación duró varios minutos, él recogió la solidaridad apretando con resignación los dientes sabiendo que sus peticiones, sus ruegos, sus súplicas no van a ser correspondidas. Nadie va a bajar con él a la arena a ayudarle a matar a los leones que le devoran. Solo le lanzamos gritos de aliento y alguna espada. Pie que se cierre el espacio aéreo, pero no se le otorga semejante licencia porque el enemigo es un psicópata, un criminal de guerra al que le da igual desatar la Tercera Guerra Mundial. Así ha dirigido sus amenazas, que a cualquiera que intervenga para ayudar a Ucrania será su próximo objetivo. Es decir, si bajamos a la arena para acabar con los leones, Putin devorará a todos los espectadores. Para nuestra generación, cuando las guerras eran solo latosos relatos de nuestros mayores, duraban eso: lo que el anciano tardaba en recordar su batallita. Hoy vemos en directo cómo caen los misiles reventando edificios habitados enteros, teatros donde centenares de niños se refugiaban, maternidades exterminadas. Mueren personas que estaban haciendo cola para comprar una barra de pan. Más de 3 millones de civiles a los que les ha devastado la vida y su patria, sus derechos y su dignidad, huyen. Mientras, seguimos viendo la batalla desde nuestro sofá, afligidos pero desconectando cuando se hacen insoportables las escenas.

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