La esquina
José Aguilar
Sísifo revive en la izquierda radical
Hay futbolistas que marcan goles y futbolistas que marcan época. Antoine Griezmann pertenece a la segunda estirpe. Porque lo suyo no es solo empujar el balón a la red, sino dejar una huella reconocible en cada partido, una forma de entender el juego que transforma el ruido en armonía. El pasado jueves, contra el Barcelona en Copa, volvió a suceder. El 2-0 llevó su firma, sí, pero su verdadera obra de arte estuvo en todo lo anterior y posterior: en la pausa cuando el encuentro lo requería, en el pase de primeras que rompía líneas, en la presión inteligente que asfixiaba la salida rival. En esa demarcación fronteriza que le ha dibujado y diseñado Simeone –mitad cerebro, mitad delantero–, Griezmann ha construido un territorio propio. No ocupa un espacio: lo interpreta. El 7 colchonero baja a recibir como un mediocentro, aparece en el área como un 9 y enlaza como un 10 clásico. Es un futbolista de lectura anticipada, de intuición fina. Un director de orquesta capaz de cambiar el ritmo del partido.
Por desgracia, para Griezmann 2018 sigue siendo esa asignatura pendiente que le debe el fútbol. Año en el que ganó la Europa League con el Atleti –con dos goles suyos en la final– y el Mundial con Francia, en el que levantó títulos y responsabilidades, en el que fue decisivo en finales y constante en números y en el que el Balón de Oro acabó en manos de Luka Modric, centrocampista entonces madridista, sin duda, excelso. Pero el fútbol, a veces, se deja seducir por el relato y olvida el peso específico de cada actuación. Y aquel año, nadie sostuvo en el fútbol tantos momentos determinantes como el francés, nadie combinó liderazgo, cifras y jerarquía en escenarios tan distintos. Hoy, con la serenidad del que ya no compite contra la opinión ajena, Griezmann juega como viven los clásicos: sin urgencia y sin estridencia. Máximo goleador histórico del Atleti, extranjero con más partidos en LaLiga, referencia indiscutible de una era. Ha conocido la ovación y la duda, el amor incondicional y el escepticismo, y en todos los paisajes ha respondido con fútbol. Otros históricos colchoneros (Luis, Futre, Forlán o Falcao) fueron talento desbordante o potencia devastadora. Él ha sido algo más complejo y más duradero: sistema y solución al mismo tiempo. Hay futbolistas que marcan goles y futbolistas que marcan época. Lo de Griezmann es una certeza que se escribe en el césped y que el tiempo, juez implacable, terminará por colocar en el lugar que merece.
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