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José Antonio Carrizosa
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Los artistas y literatos españoles han sido poco dados a cultivar diarios íntimos, o autobiografías, en los que recogiesen sus peripecias emocionales, dudas estéticas y ese tipo de conflictos que tienen como entorno la vida privada. En la sociedad inglesa y francesa, el confesar sus interioridades a través de la escritura se convirtió en costumbre con grandes logros literarios. En cambio, en España un cierto pudor ha impedido difundir ese entramado íntimo y personal del artista. Por fortuna, los intercambios epistolares, mantenidos, a veces, por otro tipo de presiones exteriores, han sido más frecuentes. Y, sobre todo, se están llevando a cabo, en los últimos años, magnas recopilaciones de correspondencias entre autores, por épocas y por afinidades profesionales. Se trata de una encomiable labor continua y discreta, a partir de la cual se están recuperando datos capaces de enriquecer, gracias a esta nueva mirada, toda la cultura española. Por ejemplo, puede que las novelas de Juan Valera hayan perdido parte de su atractivo anterior, pero su amplísima y variada correspondencia, finalmente muy bien editada, ha pasado a convertirse en fuente testimonial de indispensable consulta para adentrarse en la trastienda del siglo XIX. A veces, el aprecio y grata sorpresa que provocan unas cartas viene dado por la distancia que, en principio, separaba a los interlocutores. Así, era difícil suponer que entre un pintor y un carácter tan expansivo como el de Ignacio Zuloaga y un músico de apariencia tan retraída como Manuel de Falla existiese un Epistolario (1913-1946) como el publicado en estos días por la Universidad de Granada. Nada hacía presagiar que a través de la intimidad de unas cartas pudiesen aflorar tantas reflexiones profundas sobre las respectivas entregas vocacionales encarnadas por el pintor y el músico. Pero aún más significativos son los intercambios de ideas, propuestas y deseos que empujan a uno, un vasco, y a otro, un andaluz, para dar cuenta, en total complicidad, del problema de España. Con una disposición –tan generosa como razonada– buscan, a lo largo de más de treinta años y casi tres centenares de cartas, que estén donde estén –en la salsa europea más cosmopolita, o en el pueblo rural más castizo– su dedicación al arte implique también una obligación social con España.
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