Monticello
Víctor J. Vázquez
La Hispanidad injuriada
El enfado de Felipe González con los actuales líderes de su partido y con las estrategias que ha seguido Pedro Sánchez desde que cogió el control absoluto de la organización es perfectamente comprensible. González tiene títulos sobrados para considerarse el fundador del PSOE que se reconstituyó después del franquismo. Un PSOE que, en el poder, hizo que España dejara atrás las últimas sombras de la dictadura y que convirtió al país en una potencia respetada en Europa y en el mundo. También tiene una trayectoria que lo acredita como uno de los grandes dirigentes de la socialdemocracia europea en la etapa en la que esa ideología contribuyó a hacer sociedades prósperas en libertad. Ver a su partido convertido en un aliado estratégico del independentismo catalán o en amigo de los herederos políticos de ETA le debe producir unos salpullidos insoportables y la deriva política de España en los últimos años, más o menos los que Sánchez lleva en el poder, seguro que le quita el sueño.
Además de todo esto, Felipe ha considerado siempre que su trayectoria le obligaba a ser una voz presente en el debate nacional y se ha atribuido desde que dejó el poder el papel de conciencia crítica del socialismo español. Ha sido un jarrón chino, según su propia definición. Pero un jarrón chino bien grande y visible que no pasa desapercibido y cuyos mensajes nunca caen en la irrelevancia. Desde esta perspectiva, ha sido mucho más efectivo como revulsivo para el PSOE que José María Aznar para el PP.
Por consiguiente –que diría él en una de sus muletillas favoritas– tiene motivos para elevar su cabreo a la categoría de noticia nacional cada vez que quiera. Pero pedir que no se vote a sus siglas, algo que ha hecho ya en un par de ocasiones, rebasa un límite que lo convierte en algo que no debía estar en su guion: un agente que favorece de forma explícita los intereses del PP, como se demuestra en cómo lo jalean los medios que están abiertamente al servicio de ese partido.
Seguro que si modera algo su monumental enfado y no rebasa algunas líneas su función de conciencia crítica de los suyos va a ser mucho más eficaz que si se proyecta como un satélite de los otros. Pero eso sí, nadie le puede negar las razones fundadas de lo que dice ni los motivos del profundo enfado que exhibe.
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