El lanzador de cuchillos

Las edades de miguel

El músico actuó en Mojácar, en el 76, bajo la primera bandera andaluza que ondeó en el pueblo

El Miguelito de la calle Poco Trigo –donde también vivía mi abuela Julia–, en el Cercado Bajo de Cartuja; el dependiente de Olmedo, que llamaba a mi madre “la señorita seria”; el joven que llegó a Madrid una mañana de otoño, aferrado a su maleta, y se sintió pequeño e indefenso en la estación de Atocha; el Mike Ríos de cuando bailar el twist era cosa de endemoniados y follar no era un pecado, sino un milagro; el muchachito enamorado de Rocío Dúrcal; el artista deprimido que quiso regresar a su tierra porque el triunfo no acababa de llegar –años después, convertido ya en una estrella, cedió los derechos de Vuelvo a Granada al ayuntamiento de la ciudad–; el Miguel madrileño de los Apartamentos Fleming, a dos pasos del Bernabéu; el madridista que jugó en la misma peña que Di Stefano; el hippy al que fotografió César Lucas delante de la Puerta de Brandenburgo; el actor que rodó con Pili y Mili; el tipo que se chupó un mes en Carabanchel por fumarse unos porros; el hijo de familia humilde que compró a su madre un pisito en la playa con el primer cheque que recibió por el Himno a la Alegría; el padre de Lúa; el músico que actuó en Mojácar, en el 76, bajo la primera bandera andaluza que ondeó en el pueblo; el que hizo cumbre con el Rock & Ríos en el 82; el coautor del ¡Bien-ve-ni-dos!, que ahora recibe a las aficiones en Los Cármenes; el votante socialista que estuvo en el balcón con Felipe y Alfonso el día que el PSOE ganó por primera vez las elecciones; el empresario que siempre arriesgó su dinero y apostó por los nuevos valores; el jefe responsable, que se negó a tocar en Asturias, después de una tormenta, por temor a que sus músicos murieran electrocutados –“Un chulo llamado Miguel Ríos pasó por Oviedo”, tituló La Nueva España–; el crooner que se hizo acompañar por una big band; el amigo de Juanito, Víctor y Ana; er tito Migué para sus sobrinos granaínos, a los que atiborraba de helados cuando volvía de gira; el profesional que hace estiramientos y ejercicios vocales antes de salir a cantar; el matador que se ha retirado más veces que Antoñete; el ciudadano solidario de la Fundación; el rockero que, como quería su madre, no ha envejecido en el escenario, porque tiene un pacto con el diablo. El eterno Miguel Ríos.

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