La ciudad y los días
Carlos Colón
Ser andaluz con naturalidad, sin orgullo
Nunca he entendido lo del orgullo de ser andaluz, como tampoco de ser español o de donde quiera que se sea. Será porque los nacionalismos –los grandes y mucho más los de las regiones con aspiraciones de nación– me son ajenos. Me siento andaluz porque lo soy por nacimiento; porque por elección he vivido aquí la mayor parte de mi vida; porque me identifico con la cultura, como conjunto de modos de vida y costumbres, andaluza (pero no con todas sus manifestaciones, por supuesto); porque Sevilla está en Andalucía y aprendí a quererla echándola de menos, lo que por muchos años que pasen deja esa sensación de inseguridad, de felicidad por la posesión y temor por la pérdida, que es la forma más poderosa de amar; porque en esta Sevilla, mi habitación en esa casa grande que es Andalucía, viven –Jesús Nazareno, Amargura, Calvario, Gran Poder, Esperanza Macarena– los rostros que desde mis primeros recuerdos son los de Dios y su Madre, mis Evangelios esculpidos, la santa madera que me salva de mis naufragios; porque siento la euforia de una luminosa plenitud cuando oigo a Turina y a Falla; porque amo su luz, su indolente madurez de siglos, su paganismo nunca del todo olvidado, su catolicismo barroco, su sensualidad de hondo fondo estoico (Manuel Machado: “Mi voluntad se ha muerto una noche de luna / en que era muy hermoso no pensar ni querer”); porque ser sevillano es una excelente forma de ser andaluz, ser andaluz de ser español, ser español de ser europeo y ser europeo de ser cosmopolita. Sí, lo sé: esa Sevilla, esa Andalucía y esa Europa quizás estén dejando de existir. Pero son las mías y existirán mientras viva.
El orgullo, la verdad, no sé qué pinta en todo esto. Es hermano de la arrogancia y de la soberbia, y esta, además de un pecado capital, es un pecado contra inteligencia que alimenta el nacionalismo, esa enfermedad que convierte en mala, baja, agresiva y excluyente política el natural sentimiento de pertenencia a una tierra y una cultura abiertas a todas las tierras y culturas. Lo opuesto a lo que para mí representa Andalucía, donde –como tan apasionadamente escribió Rafael Cansinos Assens–, “las puertas están solo entornadas, las almas se abren para dejar salir sus secretos y las manos rasgan jugando las telas más hermosas para enjugar heridas”.
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