En tránsito
Eduardo Jordá
Mon petit amour
El Rey Faruk perdió su trono en Egipto. Fue derrocado y se marchó al exilio. Desde su retiro, obligado por las circunstancias, pero placentero por ubicarse en la Costa Azul, aunque esa es otra historia, comentó no lamentarse en exceso por haber perdido la corona, ya que barruntaba que, en pocos años, era entonces 1952, solo quedarían cinco reyes en el mundo: los de la baraja y el Rey de Inglaterra.
Cualquier persona que, como yo, esté convencida de que las jefaturas de los Estados deben reservarse a quienes tengan los méritos suficientes y sean respaldados democráticamente, toma distancia prudente con las monarquías. Cualquier republicano que, como yo, esté -por el paso de los días y las frustraciones propias de las medianías potencialmente aspirantes- mucho más comprometido con el fondo de los derechos que con la forma que los preserve, se puede acercar, sin embargo, al fenómeno político del poder gestual de la monarquía sin miedo al contagio y hasta con simpatía.
Ser monárquico (partidario, pues, del gobierno de uno, etimológicamente hablando) implica asumir que siempre hay uno para suceder a otro. El uno que espera es el heredero o heredera. El otro es el uno del momento. La clave esencial de la monarquía es la estabilidad, que se transmuta -a veces, demasiado automáticamente- en la estabilidad del Reino, del Estado que se gobierna, y, para ello, la continuidad es fundamental. Ser el heredero de la monarquía, el uno que espera a suceder al otro, es mucho más sentido. El uno sabe que no llega hasta que el otro se haya ido, lo cual comporta el lógico dolor humano, y sabe también que lo del "gobierno de uno" es hoy una ficción completa. De uno, puede, pero de gobierno, cero: las monarquías absolutas, gobiernos ciertos, han desaparecido (salvo vergonzosas excepciones), dejando el poder que se detenta en mera forma y representación. Cuando, además, a uno le ha precedido un reinado largo y apreciado (fecundo, diríase con pompa) le quedan al uno pocos estímulos.
He visto la ceremonia de la coronación del rey Carlos III. Repleta de detalles simbólicos, puede gustar más o menos: la Corona británica está llena de ceremonial y tradición que, además, gusta a gran parte de su público. Nada que decir: por más que haya puntos que me choquen, vence la curiosidad. Pero he visto también los ojos puntualmente cerrados de un hombre de setenta y cuatro años en momentos de la ceremonia: cuando le daban los atributos de la Corona, cuando terminó de jurar, cuando lo hizo su mujer, cuando le prestó lealtad su hijo (el nuevo otro uno), cuando caminaba en su procesión de salida de la Abadía. Supongo que por esos ojos cerrados pasaron multitud de dudas de toda una vida sin más respuesta que, después de todo, ahí estaba. Para un rato solo, quizás; sin mucha opción de marcar una época; pero en la baraja. Y todos le han dicho que es suya. Y no sé si pensó que por fin.
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