En tránsito

Tanatorio

Tanto era el parecido de Ismael Yebra con Chéjov, que hasta la historia de su vida era un relato chejoviano

A partir de una cierta edad, uno descubre que la vida siempre acaba poniéndose fea. Y cuando eso ocurre, no queda más remedio que aceptar que uno va a tener que visitar con frecuencia los tanatorios. Y hoy, volviendo del tanatorio, me he acordado del doctor Ismael Yebra, que murió hace una semana y con el que me gustaba charlar sobre libros y huertos y monasterios. Sé que Ismael Yebra ha sido recordado por todos los que escribimos en las páginas de opinión, en la que él era nuestro vecino de los jueves, y poco más puedo añadir a lo que ya se ha dicho. Ismael Yebra era un lector finísimo y un hombre bueno (aparte de un grandísimo dermatólogo, como sabrán todos los que pasaron por su consulta). Ismael conocía Sevilla como la palma de la mano y disfrutaba paseando por las callejuelas del centro de la ciudad. El centro de gravedad de su vida era la plaza de la Alfalfa, por donde tarde o temprano acababas encontrándotelo, pero en realidad toda esta ciudad era suya en el más noble sentido de la palabra. La amaba porque la conocía y la conocía porque la amaba. Le he oído contar historias extrañísimas sobre su vecindario del centro, pero lo mejor que le he oído han sido las historias de los monjes y de los monasterios donde se retiraba a meditar como si fuera un emperador que hubiera renunciado a todas las pompas del mundo. Por lo que sé, Ismael Yebra no llegó a escribir un libro sobre sus retiros en esos monasterios perdidos en los páramos del norte. Ojalá haya dejado el material suficiente para publicarlo en un volumen.

El gran Paco Correal llamó a Ismael Yebra, en frase memorable, "el Chéjov de la Alfalfa". Como Chéjov, Yebra atendía a muchos de sus pacientes sin cobrarles, y también como Chéjov, Yebra sabía escuchar con atención todo lo que sus pacientes le decían. En cada historial, en cada paciente, había el germen de un relato que algún día merecería ser escrito. Tanto era el parecido con Chéjov, que hasta la historia de la vida de Ismael Yebra era puramente chejoviana: huérfano desde muy niño, su hermano mayor -tabernero de la calle Boteros- se sacrificó día y noche para que el adolescente Yebra pudiera estudiar la carrera de Medicina que él mismo no pudo estudiar. Si Chéjov hubiera podido oír esta historia, no tengan dudas de que habría escrito un hermoso relato con ella. La vida -ya lo sabemos- a veces imita al arte.

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