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Sería absurdo pensar que la política es un ámbito en el que debe dominar en exclusiva la razón. Ya Spinoza advertía que el solo conocimiento, sin el afecto (sin pasión), es incapaz de impulsar la acción humana. Emociones y sentimientos se insertan en nuestra propia genética, por lo que resulta arduo, y hasta antinatural, separar éstas de la práctica política. Pero, siendo ello cierto, una cosa es la "política con emoción" y otra muy distinta, indica Ruiz Soroa, la "política de la emoción". Sentimientos como la empatía, la compasión o la solidaridad son potentes estímulos para desarrollar una actuación política fructífera. En cambio, otros -la indignación, el orgullo nacionalista, el miedo- son demasiado incontrolables y absorbentes como para fundamentar el obrar de un oficio que necesita mesura, serenidad y diálogo.

Aquel equilibrio, que antes califiqué de dificilísimo, parece haberse perdido hoy. Se observa un creciente culto a la emoción. Abundan los políticos que consideran únicamente importantes las ideas que ellos "sienten" importantes. Tal radicalismo infantil, pasional y no racional, impide afrontar los problemas colectivos teniendo en cuenta todos los criterios. Así, ignoran maliciosamente que el respeto a las minorías y a los disconformes es básico para vivir en una sociedad civilizada. Puede haber muchas propuestas apasionadamente defendidas. Pero eso no basta para lograr un hacer político útil y democrático. Han de integrarse en un todo, han de hallar, señala Joseba Achotegui, una coherencia de fondo que tenga en cuenta al conjunto de la sociedad.

Fenómenos como el populismo viven de esa sentimentalización de la política, de unas trincheras cavadas más con el corazón que con el cerebro. En un librito de interés, Gestionar las emociones en política, Antoni Gutiérrez-Rubí nos deja esta aseveración: "Ignorar los sentimientos es grave. Sobreexcitarlos para su utilización política [la historia nos lo enseña] es peligroso".

El presente auge de las emociones viene facilitado además por una información tan profusa y veloz que no puede ser reflexivamente digerida. De ahí que la política se esté convirtiendo en una constante búsqueda de charcos emocionales en los que poder abrevar. En esa mezcla cuasi religiosa de fe ciega y estremecimiento, agoniza una democracia que ha olvidado la noción de bien común. Algo que, sólo perseguido por todos y para todos, alcanza provecho, sentido y valor.

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