En el tejado

F.J. Cantador

fcantador@eldiadecordoba.com

A Concha

Concha siempre fue una mujer callada, con una mirada que destilaba ternura. Concha siempre tuvo una sonrisa que regalar a cualquier persona con la que hablaba o se cruzaba con ella, pese a que le tocó lidiar con los reveses más duros que la vida puede dar. Como si estuviera escrito, cuando la gente se va de este mundo se suele alabar, pero todo el que conoció a Concha sabe que ella era toda bondad, que tenía un corazón grandísimo, el más grande. Concha [Díaz] era la madre de Julio y de Mari, vecina del número 3 de la calle Hernán Cortés de Belalcázar. Julio heredó de ella esa sonrisa y ese gran corazón, pero la vida, que es tan cruel, se lo llevó muy joven en un accidente de coche dejando un hueco imposible de llenar en Concha, a la que el golpe destrozó como la había destrozado años atrás por la pérdida prematura de su marido, Gabriel, pero el de su hijo ya acabó por hundirla. Era totalmente injusto, pero así es la existencia. No obstante, ella sabía que tenía que continuar en la lucha por su hija y por sus nietos.

A Concha hacía ya bastante tiempo que no la veía, pero hoy quiero recordarla a ella y también a su hijo como envidiablemente eran, totalmente transparentes, bondad. Quiero recordar aquellos días de niñez y adolescencia pasados con ellos, tantos y tantos momentos inolvidables de juegos, de meriendas y de convivencia, tantos y tantos momentos en los que aprender de quienes anónimamente lo daban todo. Quiero recordar una acción que dice todo de esa gran mujer, cómo Concha le abrió su casa de par en par a una pareja de hermanos cuyos padres tenían problemas en su hogar para que durmieran con sus hijos, él con Julio y ella con Mari. Quiero recordar que Concha enseñó a Julio a ser el mejor amigo posible de sus amigos, a desvivirse por ellos, a donarse como solo pocos se donan. Quiero recordar una acción que describe a Julio, una de las muchas acciones, cómo se volcó con un amigo como un hermano cuando murió la mujer de éste. Ahora, Concha y Julio vuelven a estar juntos y desde allá en el lugar donde se encuentren seguirán velando por los suyos.

Lo peor del paso de los años es que vamos viendo como se van yendo quienes han formado de una u otra forma parte de nuestras vidas, pero uno se consuela pensando que queda el recuerdo de los momentos vividos, momentos que se acaban por echar de menos, como se echa de menos a esas personas. Porque, Concha, como Julio, son de esas personas que jamás se olvidan, porque objetivamente son de las que escasean. Hoy quiero recordarlos con este pequeño homenaje más que merecido, recordar a estas dos personas que pasaron por este mundo sembrando el bien. Hoy quiero recordar a Concha, a esa mujer callada de mirada tierna y gran corazón.

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