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El lanzador de cuchillos

Brassens en la glorieta de Quevedo

Ácrata, libérrimo, maestro de la esdrújula, Javier Krahe fue un lujo irreverente para este país adocenado y mezquino

Decía Picasso que a los dos años pintaba como Velázquez, pero le costó toda una vida llegar a pintar como un niño. Javier Krahe era ya viejo a los treinta y tuvo que vivir otros cuarenta para morirse en plena juventud.

Lo descubrí - con Sabina y Alberto Pérez- en aquel programa de Tola de la segunda cadena. Eran los tiempos de La Mandrágora, el mítico local en que se dieron a conocer y al que echó el cierre el alcalde Tierno, porque en todas partes cuecen habas. Estaba yo entonces entre los trece y los catorce y era, como Krahe, un niño de colegio de pago, con inquietudes y vagamente rebelde. "El hombre puso nombre a los animales con su bikini, con su bikini…" se cachondeaban en la Telefunken de mi casa aquellos fulanos de camiseta a rayas, cigarro y vaso de güisqui. Como es natural, me atraparon de inmediato.

Con el tiempo comprendí que Krahe no era sólo un tipo serio con mucha retranca, sino que además animaba sus canciones una suerte de aristocracia moral, de elegancia interior -¿acaso hay otra?- que convertía a su autor en un personaje extraordinariamente atractivo. Lo que en otros era rabia y panfleto, en Krahe adoptaba las formas suaves de la gracia, el garbo y la galanura.

Maestro de la ironía, se reía sobre todo de sí mismo: "Y yo que perseguía la gloria de Cervantes, heme aquí en la glorieta de Quevedo". Es el viejo truco del seductor brasseniense; en realidad, Javier Krahe, como su maestro, fumaba más que cantaba, y si se atrevió a ponerse detrás de una guitarra, fue con la intención prioritaria de ligar. Para eso no era necesario afinar -afinar es un elitismo-: las enamoraba con su mirada teutona y una voz grave que les hablaba en su propio idioma. Como dice su cuate Joaquín, las canciones de Krahe no hablan de mujeres, sino que en ellas hablan las mujeres. Era muy listo, el cabrón. Y más tierno que un osito Haribo.

Ácrata, libérrimo, maestro de la esdrújula, Javier Krahe fue un lujo irreverente para este país adocenado y mezquino. Lo normal era el boicot, la censura, el proceso, el respaldo minoritario. Él vivió tranquilo su historia sabiendo que su nariz no se asomaría a las puertas de la gloria ni acabaría encaramada a un pedestal para solaz de palomas y estorninos. Vivía en la calle del Pez y se murió, hace ya un lustro, en la costa gaditana de los atunes. Desde entonces, Annick, su mujer, cuida de las olas y vigila las mareas.

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