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Análisis

rogelio rodríguez

Inmigración, ineptitud y desvergüenza

Son innumerables los desdichados que no corren la suerte de los rescatados por un navío

La Fiscalía de Agrigento, ciudad situada sobre una colina en la costa sur de Sicilia, ha dicho que el barco Open Arms "estaba obligado a socorrer a los inmigrantes y los países implicados a cooperar". ¡Así es! El principio humanitario debe prevalecer siempre y en todo lugar sobre cualquier otro criterio, circunstancia o norma. Son innumerables los desdichados que no corren la suerte de los que fueron rescatados por el polémico navío. Una ingente negritud se amontona en las fosas del Mediterráneo y en la conciencia de Occidente, cada día más infecta, la mayoría jóvenes que arriesgaron su vida huyendo de la indigencia, la esclavitud y la muerte en sus países de origen. Y avergüenza hasta los tuétanos el espectáculo que estos días han protagonizado políticos necios y embrutecidos, como el ministro italiano de Interior, Matteo Salvini, o mandatarios erráticos como el presidente español en funciones, Pedro Sánchez.

La inmigración es un fenómeno eterno con dientes de sierra, que contiene problemáticas personales, sociales y económicas, pero que, también y sobre todo, ha corregido graves déficits en las naciones de acogida, como el demográfico, al aumentar la población activa y ayudar al crecimiento del PIB. Una gran mayoría desempeña tareas que rechazan los nativos, como trabajos en el campo o el cuidado de la tercera edad. Las voces de alarma que hoy atronan en Europa con gran eco mediático emanan, en general, de los extremismos populistas y son consecuencia de la debacle política que sufre la Unión Europea, incapaz de establecer una estrategia conjunta que regule la recepción ordenada, arbitre la integración, sin menoscabo de lo propio, y afronte con firmeza el complejo y delictivo entramado de la inmigración ilegal.

Un año después de la crisis del Aquarius, continúa la improvisación. La UE financia a países norteafricanos, sin obtener resultados, y, a la vez, entorpece la labor de ONG de referencia, metiéndolas en el mismo saco de las organizaciones mafiosas que trafican en la impunidad con seres humanos. El descontrol es dantesco.

Un reciente y fiable informe del Real Instituto Elcano señala que el crecimiento de la población extranjera en España tiene más que ver con el cruce turístico de fronteras, que después se convierte en irregular, que con los sin papeles que arriban a nuestro país. Elcano aporta otro dato revelador sobre el caso de la inmigración procedente de los países comunitarios: el número de permisos de residencia es muy superior al de empadronados, y ocurre lo contrario con la inmigración extracomunitaria. Que casi el 14% de la población sea extranjera no es un dato que deba abrumar a nadie, máxime cuando la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal sostiene que España necesita de aquí a 2050 unos ocho millones de nuevos inmigrantes para garantizar la sostenibilidad del sistema económico.

Ni toda la inmigración es, por tanto, lesiva, ni es de recibo proponer políticas de puertas abiertas. El problema es otro. El problema radica en una deprimente generación de políticos; unos, enarbolando la bandera del infernal populismo y, otros, en la inopia.

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