"El jazz es democrático: todo es bienvenido si tiene calidad"
El pianista dominicano, máximo exponente del jazz latino en la actualidad, se encuentra inmerso en una gira en la que presenta un repertorio basado en temas del disco 'Solo'
El currículum de Michel Camilo (Santo Domingo, 1954) da para varias páginas. Es doctor honoris causa por varias universidades americanas, ha ganado Grammys como para aburrirse, ha colaborado con orquestas sinfónicas de todo el planeta, ha compartido oficio con Dizzy Gillespie y Tomatito, participó en la Calle 54 de Fernando Trueba y desde el pasado año es director artístico de la Orquesta Sinfónica de Detroit. En la actualidad se encuentra inmerso en una gira compuesta por una serie de conciertos cuyo repertorio se basa en temas de su trabajo Solo (2005). Y como es fácil de adivinar, se presenta ante su público sin más compañía que su piano.
-¿Por qué ha decidido recuperar el disco Solo para sus conciertos cuatro año después?
-Solo fue un disco importante en su momento porque entonces buscaba un proyecto que me permitiera compartir con el público una cierta intimidad, sin renunciar a la energía y la intensidad que siempre he imprimido a mi música. El disco, de hecho, fue muy bien recibido y comprendí que entonces se había abierto un camino al que podría regresar en el futuro. Los conciertos se basan en Solo únicamente en parte; incluyen algunos temas pero también otros de fuerte inspiración caribeña, con mucha energía. Creo que la gente se sorprenderá, porque añado momentos en los que rindo homenaje a la tradición más esencial del jazz y a Nueva Orleans. Hay cosas que mi público no espera.
-¿Tocar solo es una cuestión de puro placer, o más bien un reto?
-Tocar solo es el reto más grande que puede asumir un pianista de jazz. Requiere mucha concentración, dejarse llevar por la música y sobre todo no bloquear el flujo creativo que va creciendo en el desarrollo de los temas. Se trata de un equilibro muy delicado. Hay una libertad absoluta pero el planteamiento es distinto: por ejemplo, hay que estar siempre pendiente de que la mano izquierda funcione como debe. Cuando uno toca con un grupo la mano izquierda tiende a relajarse, pero cuando se toca solo hay que evitar esto a toda costa. Y también es fundamental no repetirse, saber usar todos los colores de la paleta. Cuando toco solo llego al escenario como un libro abierto, como una autobiografía escrita con música que se va tejiendo. Lo importante es lograr que el público vibre con cada capítulo.
-¿Alguna vez echa de menos a otros músicos en el escenario para dialogar y relajarse?
-Es muy distinto. Cuanto tocas con otros músicos mantienes una interacción constante con ellos y procuras que cada uno tenga su protagonismo, por mucho que el actor principal seas tú. Para que cada tema gane lo que tiene que ganar hay que dejar el ego en el hotel. Pero cuando tocas solo la interacción se produce entre el público y el escenario. El silencio es absoluto. Percibes cómo el público respira, cómo cambia de posición en sus butacas. Hay una respuesta constante a cada cosa que haces y la recibes.
-¿Quizá tocar en solitario es la mejor manera de depurarse y afrontar futuros proyectos con formaciones amplias?
-Es uno de los medios. Últimamente, de hecho, me encuentro en una fase de descubrimiento personal, en la que me muevo por cierta intuición que creo que me puede ayudar a encontrar algo nuevo en mi forma de tocar. Tocar jazz es, fundamentalmente, conectar con el canal creativo que existe dentro de uno: eso es lo que te permite acceder a nuevas ideas y soluciones para afrontar futuros proyectos con más garantías. Lo importante es que este proceso nunca pare, sea en solitario o con otros músicos, porque la manifestación de ese canal creativo es muy efímera.
-¿Alguna vez ha llegado a temer que se le terminen los registros, que el jazz se le quede pequeño y tenga que buscar la inspiración por otros territorios?
-Una vez vi en Holanda una representación artística del jazz que me gustó mucho. Estaba pintado como un gran árbol en el que cada rama era un estilo diferente: Nueva Orleans, Detroit, la Costa Oeste, y también el jazz latino y hasta el flamenco. Algunas ramas estaban en blanco, como esperando nuevos estilos. El jazz es muy democrático: todo es bienvenido siempre que esté hecho con calidad y honestidad. Luego habrá que pulir lo que haga falta, pero la esencia es ésa. Hace muchos años que el jazz dejó de ser norteamericano para convertirse en una música del mundo, de manera que cualquiera, sea cual sea su origen, puede llegar a ser músico de jazz siempre que esté comprometido con el género. Históricamente esto ocurrió sin traumas, nadie se llevó las manos a la cabeza y los pocos puristas que se atrevieron a quejarse comprendieron pronto que no tenían razón. Ha habido una apertura enorme, y eso que los músicos de jazz son muy honestos pero también muy difíciles en el trato. Son orgullosos.
-En Europa se tiene por lo general una idea del jazz latino muy positiva. ¿Qué percepción tienen quienes lo practican en la otra orilla?
-Desde los años 80 el jazz latino vive su segunda época dorada. La primera transcurrió desde los años 30 a los 60. Hay muchos músicos con un nivel de conocimiento enorme, que no se han centrado sólo en el jazz latino sino en toda la expresión contemporánea del jazz. No buscamos la diferencia, pero tampoco ocultamos nuestras raíces. Aportamos un mestizaje original pero ya sabemos diluir fronteras.
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