Miguel Ríos | Crítica El epílogo perfecto a una carrera sobresaliente

Miguel Ríos, en un momento del concierto del sábado en la Axerquía. Miguel Ríos, en un momento del concierto del sábado en la Axerquía.

Miguel Ríos, en un momento del concierto del sábado en la Axerquía. / Juan Ayala

El que tuvo retuvo. En este caso, siempre tuvo. Miguel Ríos es la resistencia rockera en estos tiempos en los que muchos se afanan en enterrar a ese género musical del que lleva décadas evangelizando y del que es pionero.

Su carisma, su timbre, su tenacidad y su relación con el rock –fiel hasta la muerte– lo convierten en el rockero inmortal de este país, aunque muchos también blasfemen con ese tópico de que ya era hora de que estuviera jubilado y le echen por cara que lleva más de una década con conciertos de despedida.

Blasfemia, porque, al contrario de lo que ocurre en este país, a nadie se le ocurriría en las islas británicas cuestionar a Paul McCartney o en Estados Unidos a Bruce Springsteen.

Insisto, en el Festival de la Guitarra de Córdoba, Miguel Ríos volvió a demostrar, una vez más, que es un rockero inmortal, y lo hizo con esa vuelta de tuerca que le ha dado a un buen puñado de hits rockeros barnizándolos con una sublime y embellecedora música sinfónica.

Lástima que no haya un vídeo completo del que ha sido hasta ahora su último concierto para que quien lea estas palabras sepa por qué defiendo con vehemencia que merece un lugar privilegiado en el Olimpo del rock en castellano y, si me apuran, hasta en el del rock internacional.

Y no defiendo esa tesis por ese concierto en el que no cabía un alfiler –llenó el Teatro de la Axerquía, sí, algo que muchísimas bandas y cantantes de todos los estilos son incapaces de lograr–, sino que la defiendo por toda una maratoniana carrera en la que ha llevado siempre la profesionalidad y el compromiso social por bandera.

En Córdoba, Miguel Ríos volvió a demostrar una vez más que es un rockero inmortal

Una profesionalidad y un compromiso social que volvió a derrochar en ese su último concierto hasta el momento. Una actuación superlativa en la que hizo vibrar al respetable desde los primeros acordes de Memorias de la Carretera –tema con el que abrió el recital– y el posterior chute de adrenalina provocado por su Bienvenidos, después del lucimiento en forma de obertura –con un mix sinfónico a modo de collage de algunos de los éxitos que después iba a interpretar– de la orquesta que rebautizó como la de la Colina de los Quemados, por aquello de que así se llamaba en Córdoba a la zona en la que se levanta el Teatro de la Axerquía.

Una orquesta magistral, como magistrales son los integrantes de su banda de acompañamiento, la Black Betty Boys Band, encabezada por el guitarrista José Nortes, ese músico en la sombra, ese productor que dice que sueña canciones mientras duerme y que se ha ganado un puesto de honor entre los productores españoles: Quique González, Ariel Rot, Sergio Makaroff o el propio Miguel Ríos han sido algunos de sus clientes.

El rockero granadino supo desde un primer momento que jugaba a caballo ganador rodeándose de grandes músicos jóvenes, de los que también aprender. Siempre lo ha sabido. Ya echó mano, por ejemplo, en su momento del magnífico John Parsons –uno de los mejores guitarristas con los que ha contado– para su gira Rock and Ríos y para otras con las que llenaba estadios y plazas de toros en la década de los 80.

Un concierto, su último hasta el momento, que hizo cordobés acordándose del “cojonudo trabajo que lleva realizando los ultimos 40 años el equipo de trasplantes del Reina Sofía”, antes de dedicarles Todo a pulmón, canción con la que emocionó al respetable, como también emocionó haciendo una defensa a ultranza del feminismo frente a “cafres” que no quieren entender que NO ES NO, antes de dedicarle a todas las mujeres su No estás sola.

Otro tipo de emociones levantó también su interpretación de Santa Lucía coreada por las miles de gargantas que asistieron a ese recital que no sé si será el último de Miguel Ríos, pero lo que sí sé es que fue el epílogo perfecto a una carrera rockera sobresaliente.

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