Crítica de Flamenco

Didáctica señora de la danza y el baile

María Pagés, en 'Óyeme con los ojos', el miércoles en el Teatro Góngora. María Pagés, en 'Óyeme con los ojos', el miércoles en el Teatro Góngora.

María Pagés, en 'Óyeme con los ojos', el miércoles en el Teatro Góngora. / juan ayala

Óyeme con los ojos, o sea, libertad, con María Pagés, llegó el pasado miércoles al Teatro Góngora homenajeando a sor Juana Inés de la Cruz y rompiendo una lanza por mujeres como ella, la igualdad de género sin ser soslayada, comprometida con tan justo fin. Reivindicación apoyada en la rebeldía de esta humanista mexicana del siglo XVII, religiosa, escritora y poeta influenciada por los textos gongorinos que le llegaron. Así, el Festival de la Guitarra de este año inauguró la edición flamenca, repitiendo la sevillana con su danza y baile, como lo hizo en 2014 denunciando con Utopía la indiferencia ante la precariedad y miseria que padecen multitud de congéneres.

Insistiendo con su oficio flamenco, ahora partiendo de la lírica poética de Óyeme con los ojos, de Sentimientos de ausente de la hispanoamericana, puestos en valor por la señora un lustro después de que los artistas de aquellas latitudes reunidos en La Habana manifestaran a la rebelde sor Juana. De modo que, María Pagés, volcada en el noble fin, con textos de aquella y de una brillante baraja de poetas históricos, comenzó con los palos flamencos elegidos para bailarlos por tonás, carceleras y seguiriyas; retirándose, mientras los suyos proseguían en la labor, por fandangos de Alosno, naturales, y malagueña del Mellizo. Volviendo la maestra para, en una histriónica y emocionante declamación, recordarnos a Goytisolo con Palabras para Julia.

Otro lógico mutis, mientras aquellos siempre en acoplada simbiosis marcaban el compás y el ritmo con tientos y tangos, para de nuevo Pagés, en traje de calle y con todos en un pasillo cómico, con su humorístico recitado ¡Ay, qué calor! reapareció de nuevo con media granaína, martinete y debla para llegar al broche final por Lucena y tangos. Solvente espectáculo, con una María Pagés cada día más facultada para las artes escénicas, como quedó de manifiesto en el Teatro Góngora. Elegante y majestuosa, dibujando en el aire su maravillosa colocación de brazos y manos, perfilándose con delicada pose de cintura para arriba con el torso, hombros y cabeza. Elocuente a su vez en zapateados y escobillas, poniendo en suerte su precisa técnica y magistral oficio para llevar a buen fin su espectáculo en el foro cordobés.

Gustosa con su variado ajuar, Pagés llamó la atención con la flameante bata roja de cola y el bello revestimiento final con velo, infinitamente largo, extendido como peana sobre el piso del escenario, a sus pies. Qué decir de sus brillantes músicos, entre los cuales iban tres cordobeses, como el baile de torbellino Barrios, todos con intervenciones a cuál mejor y a la altura de su fantástica maestra. El austero fondo oscuro de escena estuvo acorde con el montaje, donde luz, sonido y estética dieron su réplica y sacando por todo provecho de un trabajo concienzudo. Y no faltó durante todo el espectáculo el enardecido reconocimiento del respetable, sin dejar de aplaudir sin solución de continuidad hasta el momento final.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios