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Otra historia de la fealdad

  • Con un poco de fútbol y un mucho de oficio el Córdoba se llevó un partido horrible para el espectador · La sobriedad defensiva y un estajanovista esfuerzo, claves

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La fealdad es tan necesaria como la belleza. Sin una, no se percibiría la grandeza de la otra. Por eso, Umberto Eco, el gran escritor italiano, le dedicó primero un libro al concepto de lo bonito a lo largo de la historia y luego otro a la esencia de lo corrupto. Para compensar.

Pero, ¿a que ustedes no ven desagradable lo de ayer? ¿A que, cuando ayer el árbitro decretó que el bodrio se había acabado no se tiraron de los pelos por lo insufrible del espectáculo? ¿A que sonrieron?

Así, hablar desde el prisma de lo estético de un encuentro más parecido a una guerra suena a burlarse del hambre. De la pura y dura necesidad que acalambraba las piernas y el cerebro. Al sufrimiento en estado puro.

En esa lucha testicular fue mejor el Córdoba. En entrega, en actitud, en coraje, en táctica y, por una vez y ya era hora, en suerte.

Porque el Racing pudo haber merecido más, pero no fue capaz. Porque el Córdoba sólo labró su fortuna en los conceptos más básicos del juego. La fealdad de lo simple. La belleza de la victoria.

Defensa

Si eran pocos los argumentos para teñir de épica la actuación del bloque en tareas defensivas (con el inexcusable recuerdo de pretéritas pifias) va y se rompe el capitán.

Pero, y he aquí la grandeza de un bloque, Antonio -que se sentía futbolista de Segunda por vez primera esta temporada- fue capaz de completar una actuación tan aseada como la del resto de sus compañeros de zaga. Rubén volvió a lucirse, Dani cumplió y Pablo anduvo muy seguro.

El sistema defensivo fue eficaz desde adelante hacia detrás. Como mandan los cánones, la imaginaria Línea Maginot empezó por la delantera. Pineda no cesó de correr un minuto en todo el encuentro. Por sus pulmones respiraron todos sus compañeros.

En el centro del campo, Endika aportó su buen hacer y acabó desquiciando a los rivales e Ito se fue entonando conforme avanzaron los minutos. Luego, con Acciari ya sobre el verde, la única consigna era victoria o muerte. Y, pese al gran trabajo, todo el castillo de naipes se pudo haber venido abajo en el último instante. Hubiera sido demasido cruel. De nuevo. Ataque

Y en mitad del desierto, un vergel. El gol de Asen resume en sí mismo todo lo que hizo de bueno el Córdoba ayer para ganar. Poco, pero excelente. El estajanovismo con el que los blanquiverdes se emplearon desde el primer hasta el último minuto no hubiera valido de nada sin el toque genial del madrileño en el momento sublime. Marcó las diferencias. Pero si de ataque hay que hablar no se puede obviar la mucha colaboración que, en la labor de Asen, tuvo Julio Pineda. El camero, ya destacado por su brega, dotó a la vanguardia de movilidad. Su inquietud sobre el césped, su insistente búsqueda del espacio perdido y su contagioso espíritu ganador obró maravillas en un partido tan absurdo (entiéndase tal por lo extravagante) como vital.

Juanlu y Arteaga, normalmente prime donne del asunto no pasaron ayer de actores secundarios. No obstante, ambos dieron muestras de su innata capacidad en momentos puntuales. En la segunda parte, la buena ayer de las dos para el Córdoba, el malagueño tuvo el gol a pase del sevillano. Se entienden, y eso es una gran noticia para el resto. Virtudes

Cuando la imaginación languidece, lo mejor es ser pragmático. La Realpolitik que ayer exhibió el Córdoba no debe ser sino dogma de fe en todos los partidos que tenga que jugar a domicilio. Funcionó en Cádiz y lo hizo ayer. Quedó claro que, atando en corto al hombre clave del contrario (en el Ferrol era Jonathan), los restantes equipos de Segunda poco o ningún daño pueden hacer por derecho. A pesar de haberse medido al rival (en estos momentos) más débil, la experiencia debe ser aún más valiosa que los puntos. Que lo son. Y mucho.

Talón de aquiles

Jugar poco o casi nada siempre es un riesgo. El repliegue es comprensible en la situación ventajosa en la que se vivió desde el gol. Pero, antes, el Córdoba no fue capaz de hilvanar dos pases. De crear peligro. De obligar al rival a recular ante el canguelo por la derrota. La contención, luego, fue fructífera porque el trabajo global fue extraordinario, por la inutilidad de los puntas locales y por esa pizca de suerte que en otros momentos faltó. Nadie recordará el partido dentro de un mes. Pero sí la victoria.

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