No caben excusas posibles

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Calamitoso partido del equipo blanquiverde en Zorrilla · Los habituales suplentes dejaron clara su condición y los titulares no rindieron a la altura de las exigencias

El cancerbero del Valladolid, Javi Jiménez, atrapa el balón ante la llegada de Oriol Riera.
Toni Cruz

12 de mayo 2011 - 05:02

Al descanso el Valladolid ya ganaba 4-1. Baste ese dato para ponderar en su justa medida el partido que perpetró el Córdoba en Zorrilla ayer. Superado en todos los conceptos imprescindibles para sumar (pelota, intensidad, actitud, físico y táctica), al conjunto blanquiverde le dieron un señor baño que aún podría haber sido peor, toda vez que dio la sensación en el segundo periodo que los pucelanos reservaron energías para las cuatro jornadas restantes. Ayer se cumplía un año y un día de otro encuentro memorable para el cordobesismo: el 4-0 del Rico Pérez que tanta cola trajo luego. Se ve que soplaron las velitas para festejar la onomástica.

DEFENSA

Ninguna defensa ayer para la defensa. En la primera oportunidad que tuvo, demostró su estado. Un saque de esquina lanzado por Jofre fue rematado -impecablemente eso sí- por un Jordi Figueras al que Agus le estaba defendiendo con la vista. Después del irreal empate, el entramado defensivo del conjunto de Alcaraz aguantó exactamente tres minutos. Justo lo que tardó Óscar en aprovechar la circunvalación que ofrecía el centro del campo rival (también les resultaba muy asequible a Jofre y Nauzet entrar por ambas bandas). Si a un futbolista técnico -y cualquiera de los de ataque del Valladolid lo es- se le dan tantas concesiones lo normal es que coloque la pelota donde lo hizo después. A partir de ese momento, el casi siempre endeble anímicamente conjunto blanquiverde se terminó de descomponer. Otra vez por el centro (en Marca TV dijeron que el Pucela parecía el Barcelona) llegó el tercero. Nafti culminó una combinación en la que primero Agus llega tarde al cruce y luego Tena recula mostrando un miedo atroz. Ya estaba el choque sentenciado, únicamente restaba saber si el Córdoba conservaría la dignidad o la perdería una vez más esta temporada (a lo Barça B fuera o Alcorcón en casa). Optó por lo segundo. Alberto, presionado por Javi Guerra, fue incapaz de deshacerse con contundencia de una pelota cedida por su zaga y la dejó muerta a los pies de Óscar, quien aprovechó con elegancia el regalo.

Quedaba un tiempo de castigo y Alcaraz reaccionó desde el banquillo dando entrada a Beobide (que debutaba en la segunda vuelta) para tratar de contener un poco la sangría. Lo hizo -únicamente le colaron un gol más, que Javi Guerra no celebró ni siquiera porque también fue de chiste-, pero siempre quedará la duda de qué podría haber pasado si ayer el Valladolid hubiera necesitado meter siete u ocho goles. Con la calamitosa respuesta de la vanguardia del Córdoba ayer es muy probable que los hubiera conseguido, sobre todo teniendo en cuenta que la pelota siguió siendo suya entre las olas y los olés de la grada de Zorrilla, que jamás se imaginó un triunfo tan cómodo ante un enemigo necesitado.

ATAQUE

El gol del honor lo metió Matabuena en propia puerta. Fue, además, la única incursión de cierto mérito del Córdoba en todo el encuentro. El centro del campo estuvo absolutamente negado en la construcción; las bandas fracasaron porque tanto Camille como Fernández -aunque sean poderosos físicamente y puedan tener profundidad- no funcionan si ven la pelota volar por encima de sus cabeza; los delanteros elegidos ayer -Oriol y Pepe Díaz- apenas pudieron ofrecer algo más que pundonor en su tímida presión. La primera línea de retaguardia, que debe ser el ataque, no colaboró en absoluto al resto del equipo ayer, pero en su defensa se puede argumentar que por mucho que hubiera batallado jamás hubiera sido capaz de meter los cinco goles que sus compañeros de la parte de atrás le exigieron.

VIRTUDES

Ninguna.

TALÓN DE AQUILES

Dos talones, uno por cada pie.

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