Cuando la unidad política ya no es necesaria
Los socios de gobierno no hacen ya ni el esfuerzo de intentar ponerse de acuerdo
Seis meses de gobierno, tres polémicas internas públicas. Una cada dos meses (agosto incluido). Este equipo municipal va camino de conseguir una aceptable marca en el ranking del guirigay político. En demasiado poco tiempo, han saltado a lugar preferente de la agenda política los casos de diferencias de criterio, siempre por temas de importancia y sin que se hayan aprobado todavía los primeros presupuestos de la Corporación, prueba del nueve de la coherencia interna del pacto de gobierno.
Existe una diferencia radical entre otras polémicas y ésta de las naves de Colecor. En la presente situación, los socios de gobierno ni siquiera han intentado ponerse de acuerdo. No se han escenificado esas reuniones que tanto le gustan a Rosa Aguilar para poner paz -alcaldesa über alles- o esas demandas de desplante a las que acostumbra Rafael Blanco.
Cada pollo que montan los compañeros de piso del edificio de la calle Capitulares tiene causas y consecuencias. Seguramente, la decisión de legalizar las naves de Colecor acabó de tomarse cuando el PSOE bloqueó las cuentas de Sadeco, lo que era tanto como llevar las divergencias hasta los mismos predios que pastorea Aguilar. IU decidió darse un baño de autoestima sabedor de que el PP -beneficiario estratégico de toda esta movida- acabaría apoyando los papeles para el macrochino de la carretera de Palma. El PSOE vota en contra porque en esto ni siquiera es bisagra. Porque lo que haga sólo importa a sus votantes, que necesitan ciertas verdades fundamentales a las que aferrarse.
Lo mejor es que los socios ya ni se esfuerzan. Pretenden quitarle importancia a las diferencias. Quizá el público agradezca que esto no acabe como una copla gore. Que quede clarito desde los primeros seis meses de mandato que cada cual en su despacho y Dios en el de todos.
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