Entre la realidad y la impostura

Florence Foster | Crítica de teatro

Un momento de la representación de 'Florence Foster'. / Rafa Alcaide / Imae
Máximo Ortega Capitán

16 de febrero 2026 - 10:53

La ficha

*** Florence Foster. Compañía: Amada Producciones. Intérpretes: Amada Santos y Ana Ifigenia. Texto y dirección: Amada Santos. Fecha: Sábado, 14 de febrero. Lugar: Gran Teatro. Lleno.

Nada mejor que celebrar el amor de una forma diferente si el calendario marca 14 de febrero. Así lo entendió un grupo de privilegiados que tuvo la suerte de cumplir su cita por amor a las artes escénicas sentados en poco más de cien sillas sobre las mismas tablas del Gran Teatro. Llamémoslo casualidad o influjo de la fecha, la función escogida también estuvo en consonancia con este aire romántico y el público presenció de esta forma tan especial Florence Foster.

La vida de la peor cantante de ópera del mundo, como así pasó a los anales de la historia Florence Foster Jenkins, sirve de inspiración a la actriz Amada Santos para confeccionar un espectáculo dedicado a la figura de esta controvertida soprano. Su gran posición avalada por la gran fortuna que heredó, la convirtieron en alguien imprescindible en los círculos de la alta sociedad neoyorquina de finales del siglo XIX y principios del XX.

Gracias a ese estatus pudo entregarse en cuerpo y alma a infinidad de eventos culturales en los que la música era protagonista… Y ella también. Pese a todas las limitaciones, externas y propias, Florence cumplió su sueño de convertirse en cantante lírica. Su infinidad de recitales promovidos la mayoría por ella misma a lo largo de tres décadas, ante multitud de aduladores que asistían más movidos por el morbo de aguantar la risa mientras escuchaban sus “berridos operísticos”, se convirtieron en todo un reclamo para cualquier socialité deseosa de hincar el diente al canapé al tiempo que por dentro se burlaban de la anfitriona que lo costeaba.

Pese a todas estas circunstancias, Florence vive una realidad en la que no es consciente de su ausencia de talento y para ella no existe barrera imposible de superar. Prueba de esa seguridad ficticia, fruto de su propia ignorancia y la hipócrita condescendencia de quienes la rodean, decide llegar a la meca soñada por cualquier artista organizando un recital en el Carnegie Hall. Total, ¿qué podía salir mal?

Amada Santos, autora y protagonista del texto, nos sitúa en las horas previas al esperado concierto y el conflicto surgido entre Florence y Cosmé, el sufrido pianista acompañante de la diva que ante la debacle inevitable hace todo lo posible por convencer a Florence de suspender el concierto.

El montaje trabaja una puesta en escena sencilla, con pocos elementos y dominada por los cambios de luz. Amanda Santos como Florence y Ana Ifigenia en el doble papel de Cosmé y St. Clair (pareja de Florence) se emplean con oficio para entregar interpretaciones cargadas de complicidad y verdad. Los mejores momentos (y más cómicos) de la función se logran cuando rompen la cuarta pared e interactúan con el público, el cual responde con agrado y diversión. La cercanía física con las actrices condiciona el espectáculo de forma positiva para establecer un diálogo más íntimo en cuadros que así lo requieren. Sin embargo, este clima puede jugar a la contra si no se modula la voz lo suficiente, algo que ocurrió y hacía que hubiera partes en las que los diálogos no lograban oírse.

No es la primera ni será la última vez que la vida de Florence Foster Jenkins sea llevada en forma de libro, obra de teatro, documental o película. Es lo que tiene salir de lo normativo y romper la barrera mediática. Ella lo hizo en un tiempo que podía ser más difícil. Hoy, con la infinidad de herramientas que permiten a cualquiera de la noche a la mañana hacerse viral resulta menos complicado.

Con la perspectiva que da el tiempo y los contextos, Florence es un personaje que, dependiendo de la persona, puede ser interpretado de múltiples maneras: de forma romántica, convertida en símbolo de lucha por hacer posible los sueños por muy inalcanzables que parezcan, como alguien inconsciente que nunca descubrió su falta de cualidades, como frivolidad propia de una snob con poca o ninguna vergüenza… En todo este entramado de posibilidades interpretativas, quien siempre me ha intrigado más es el público que asistió y la razón por la que aplaudía. Algo que, a día de hoy y según que espectáculo o artista, me continúa generando curiosidad.

Sea lo que fuere, a Florence Foster nunca le podrán quitar lo cantao.

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